PETRONILA LA CHURRA

EL FOLASTERO

Petronila la Churra. La Yesa.

Le paician ramplones, isa guisa de charrar nu’era drecha, no podía selo, si munchas veces ni tan sisquiá asampaba compriender isas parabras, isas regirás qu’emplegaban en el lugarico, parabras que senificaban una cosa destinta a la lengua de la chente culta de letras, el castellano. A la c’allegó munchas veces probó d’endongales, po’que sin ser dispierto de lo c’hacia, dicierto no lu’hacia a mala fé, pos el había estudiado, era culto, barruntaba que muncho más pitico qu’ellos, asina cavilaba él c’había de ser, pos tinia una güena carrera, leia munchos libros de toa mena, de medecina lo que mas, otros eran repropiaus trataus de quimicos, pero tamien l’agustaban los diarios, dica novelas, asina que si, el si era un hombre con muncha educación, sin repropio el que mas del lugar, el si que sabía charrar güeno.

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Le salieron al chiquillo suyo malentias del alentar, se conoce quel aire juto y fresco le probaba bien, pu’eso pidió el mesmo isa destinación, pos asina pronte remontaría el chico y asina asamparían golver a la capital, caviló qu’eso acayeria en poquicos años, pronte joparia isos montes, que eran tó maleza, allagas, pinos, isnebros, carrascas y trabinas, isos cinglos que salian por cualquiá rodal, rodiando el lugar, esafiando a las juerzas de gravedá, quietos tar cuar si se burlescaran del tamaño del que los adonaba, pagáus de que los guiparan inpercazables. Pronte joparía isas tierras acaramullas de rochas, tan pesás de subir, c’hacían desagradable salir a pasiar, pos dica eran repropias de bajar y lo pior era l’aseguranza de que dispues había que subilas. Albandonaria isas tierras tan aperillosas d’altas hormas en los bancales, isas c’habian obrau a mano mientres siglos, pa tratar d’aplanar una tierra enrrochá y dura, mu dura, tar cuar las peñas c’asomaban por toas partes, duras tar cuar las chentes que las habitaban, pos paicia que ni tan siquiá tubieran corazón de lo jutos y frios que se l’antojaban, tar cuar la recochura que bufaba en hibierno.
A la c’allegó al lugar la mujer suya estaba preñá ya del segundo chiquillo, desacupó en la capital, tar cuar había de ser, isas chentes s’empecinaban en parir en las casas suyas, tar cuar habían hecho siempre dinde cherenaciones tras. Chano chano jué amarinandose al lugar, se percató de lo sano del aire c’alentaban, lo bien que le probaba al chiquillo mayor pos con la meta de medecinas estaba mijor que nunca, se percató tamien de lo tranquiloso que dormían, sin ruidos, fresquicos al verano, iso si, hacia muncha refrior en los hibiernos, pero sana, un aire que criaba juertes y sanas las criaturas, bien sabía el iso. Pero las chentes, a isas no s’amarinaba, no, isas chentes siguian guipandolo tar cuar un folastero, munchos años dispues d’allegar siguia barruntando c’asina era, ya no les endongaba, pos cuasi tampoco charraba con ellos, eran tan ramplones que nu’apriendian nadica, antimas le tinian ojeriza, habia de ser iso, pos día a día l’hacían barruntar que nu’era parte del lugar, nunca le clamaban pa preguntale parecer en los asustos de festejos ni tradaciones, a la consulta siempre le dician d’usté y en la calle tamien, siempre con distancia, con recelo, tantos años y aún no tinia amistades dentre ellos, pos eran chentes mu enrraizas, acarrazas a lo propio, a la estrania traza de charrar d’ellos, amarinaus a unas tradaciones antigas, viejuras y dica aperillosas. Prendian aperillosos fuegos pa cerebrar santos, si dica de tantas velas una vez se les prendió fuego en la Iglesia, sin allegar a mayores, pero podia haber sido una disgracia mu grandiza, por mas que les recomiendo él que no prendieran mas velas, ni tan siquiá paice que se pararon a cavilar un menuto isa ideya, cuasi no podía ser d’otro modo, pos eran chente pro surritonta.

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Los chiquillos, isos se criaban sueltos, d’una guisa mu borde, siempre allegaban a la consulta con güesos rompios y espizques que precisaban puntos, y es que los padres no paicia que les hacia muncho caso, les premitian jubar tol dia por las eras con palos a aporreasen, u s’arreban pedrazos. Y que icir de l’higiene, isa ni tan siquiá sabían qu’esistira, pos por mas que probó d’anseñales una miaja d’urbanida, na había c’hacer, golian mal, mu mal, a borrega, a puerco, a buja… sin repropió eran chentes mu salvaches, pero iso si, distinguían mu bien al forastero del lugareño, asína se sintIia en el lugar, forastero, y asina se lo esplicotiaba a los chiquillicos suyos, “siempre os consideran forasteros en este pueblo, nunca tendréis amigos aquí”.

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Los mestros allegaban pá un añico namas, una mena de castigo por no tenir pro punticos p’asampar la plaza inorada pu’ellos. Por lo corriente la que inoraban era una plaza en la ciuda u en el lugar ande s’habian criau, un lugar grandizo, con muncha chente, con botigas, espectaclos, cultura. Asina isa amargura que síntian, ise despagamiento d’encontrasen en un lugar pirdio en meta de cinglos que na les ofricían, iso era lo que tresladaban a los alunos, aún sin pretiendelo, sin ser dispiertos d’ello, chano chano, en los chiquillos mas piticos y despabilaus l’ideya de inferioridá iba calando, y el que nu’enduraran nunca mas d’un curso sin repropio les daba la vaya a los mestros, eran ramplones. ¿Y que barruntaban los mestros?, distancia, por lo corriente eran jovencicos, al allegar estaban clisaus, lejos de sus parientes y de sopetón se topetaban con isa chente tan ramplona, con isa estrania traza d’educar a los chiquillos, tan retraíos que los adonaban con distancia dica con refrior en los ojos, isos chiquillos nunca asampaban aganchales campera, asina lo barruntaban.

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Isas eran las escasas presonas que trataba el dotor, los mestros, pos eran los únicos que sabían de letras n’el lugar, pero jopaban pronte y asina año tras año había que renuevar las amistades. A la c’allegaban ya les charraba el de la tracica qu’eran pu’alli las presonas, asina que no seria ná estranio si nunca asampaban hallasen agustico n’el lugar, pué quel dotor inorara sintise asina, entegrarse en el lugar, pero ellos no, ellos namas inoraban agüecar pronte, ni tan siquiá angunos enduraban el curso pleno, pos a la que surtía plaza, anque juera pa sustituyir a otro mestro mientres unos poquicos meses, no repropiaban, nu’adonaban tras, pos nenguna campera habían aganchau con isa chente, nenguna amistá. L’unico que les penaba una miaja eran los probes chiquillos, paicia c’angunos mestros les sabia malo se criaran asina, tan alejaus de la chente cevilizá, asina c’antes de jopar procuraban inculcales la ideya de que antes con antes, a la que tubieran l’ocasión, s’espolsaran las sabatillas.
Allegaron en verano, les ampraron una casa pa tres meses, de meta Junio a meta Setiembre, eran Ingleses, tan apenas charraban el castellano una miaja, asina que resultaron mu chocantes pa los lugareños, tinian dos chiquillos chicutos, de sais y ocho añicos, y cuasi dinde recin allegaus escomenzaron a jubar con los demas chiquillos del lugar, pa isos chiquillicos paice que nu’habia lenguajes estranios, pronte se divirtian d’una guisa que jamas habian podio figurase, cuasi sin trastes, sin moñas ni pilotas, namas con lo que se figuraban ellos mesmos, ardieando los juebos con trastes que replegaban por las eras, palos, piñas, potes…
Los padres se percataron que los chiquillos suyos estaban mu alcontentos allí, eran muncho mas filices asina, cuasi sin ná, ellos mesmos se sosprendieron estraniamente de mu güen teque, tranquilosos, sin repropio anguna cosa habia n’aquel lugar que les clamaba, algo que les resultaba mu atrativo, pué que juera l’aire con isos aromas de planticas salvaches, isas que pu’aquel antonces ni tan sisquia sabian clamar por el nombre suyo. Lo mesmo lo que les encandilaba era la polideza de los paisaches, de los montes con isas bonicas cingleras percutidoras, con isos arboles tan sojerentes, centenarios, isos que netechaban l’aire, y no mas con alentar una bocanada d’ise aire se sintian reviscolar. Pero tamien pué que jueran las chentes c’allaron pu’alli, pos anque no asampaban charrar muncho con ellos, siempre les sonrreian, les agustaba apriender la guisa de fainar que tinia isa chente del lugar, aprendian munchas cosas nuevas tos los dias, dinde regar los güertos u masar pan, dica obrar casas con peñas y algez, chano chano los ingleses estubieron en boca de tos, eran tan chalangueros que los lugareños les carriaban a la casa suya calabacetas tiernas y pepinos, güevos y dica angunos les convidaban a yantar a la casa suya.
A la c’allegó setiembre “el inglés” se jué a la ciudá, pos la faina le clamaba, pero pá sospresa de tos n’el lugar la mujer y los chiquillos enduraron allí, el hombre acudia pal cabo de semana, dispues, al año, compraron una casa, pretiendian endurar alli pá siempre. Eran chente estranjera, estrania, y agora pretiendian vivir alli, no paicia haber muncho ficacio en tu’iso, el hombre bajaba a la ciuda tres u cuatro dias, dispues subia al lugarico ande tinia la parentela. Ella fainaba cosicas de lo c’habian apriendido de la chente del lugar, s’emplegó a l’artesania y l’arte, amanaba conrservas mu naturales de tomates, de bajocas u de pimientos que criaba la chente en los güertos, l’anseñaron a crialos ellos mesmos, dica s’hicieron con un güen güerto. Tamien criaban conejos y gallinas, amanaban zucraturas con las frutas y la miel del lugar, aprendieron fainas con las qu’escomenzaron a montar cosas que dispues vendian en las ferias y mercaus artesanales con esparto, con fusta, con lo c’asampaban pu’isos montes, asina chano chano asamparon ganasen la vida con isas fainas y el marido se dejo la faina de la capital, los ingleses jueron unos mas n’el lugar, charraban a la guisa suya, tar cual si carriaran la boca llena u algo asina, pos no asamparon quitasen ise dejo suyo, pero iso si, sabian lo qu’era una rocha, un ardacho, la cambra, l’artesa, el pernil, el lebrillo u la perilla de la luz.

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Un dia “el inglés”, pos siempre tindria ise malnombre, se topetó con el dotor, le saludo tar cuar lu’ hacia con tos los lugareños, el dotor estaba intrigau por abriguar a que se dedicaba ise estranjero antes de mudase a vivir al lugar, asina que sin munchos ronderos le preguntó. El ingles era enginiero, trabajo munchos años con maquinaria en una fatoria de la ciuda y la mujer suya habia sido contable antes d’acudir al lugar. El dotor se sosprendio muncho, asina qu’eran chentes de carrera, presonas inteligentes, el se figuraba que serian una mena de chente estrania tar cuar armitaños, pero no, resulto qu’eran presonas con estudios con los que güenamente el dotor habria tenio amistá, pos eran cultos, pero no, a la contra, estraniamente s’habian ajuntau con los ramplones del lugar, si dica charraban tar cuar ellos, sin repropio era algo que no tinia ficacio nenguno.
-¿A usted no le parece que siempre será forastero en este pueblo?, ¿acaso esta gente tan cerrada en sí misma y sus costumbres arcaicas, no le recuerdan cada día que usted es solo un extranjero?, todos se refieren a usted cómo “el inglés”, para dejar claro que no es de aquí.
-Pos vera uste siñor dotor, yo siempre he de ser “el Ingles”, pero no cavile qu’iso m’hace folastero, pos el panadero siempre ha de ser clamau “el panadero”, lo mesmo c’al alguacil, naide lu’ha de clamar por el nombre suyo, asina c’habria de ser mu zoquete yo si algo tan vidente tar cuar ser desacupau en Inglaterra juera a ofendeme, pero no se figure usté que barrunto me tratan de folastero, pos iso es mu diferiente, nusotros sintimos qu’hemos hecho mu güenas conocencias aquí y asina nos lu’amostran, pos dica con angunos tenemos muncho caldo.
-Más de veinte años hace que llegue a este pueblo y le aseguro que aun me tratan como un forastero, asi que usted que solo lleva tres años por aquí, no me explico cómo es posible que piense eso, que esta gente tan vulgar pueda haberlo adoptado como si usted fuera uno mas del pueblo.
-Pos ha de ser que cosa de que nunca me figuré yo que jueran ramplones ni zoquetes, a la c’allegamos premitimos que los chiquillos nuestros hicieran lo mesmo que los chiquillos del lugar, y nusotros apriendimos de las chentes su maniera de vivir, tamien les anseñamos cosas, y las apriendiron pronte, asina que mu zoquetes no paice que sean, iso si, nunca les endongamos su maniera de ser ni les endilgamos la guisa nuestra d’hacer las cosas, pero güeno señor dotor, tu’esto no pué un forastero allegar a compriendelo.

Parabras repropiás:
Ardiear: Inventar.
Chalanguero: Campechano.
Endongar: Corregir.
Endilgar: Imponer.
Endongar: Corregir
Polideza: Belleza.
Percutidor: Impresionante.
Ramplon: Vulgar.
Recochura: Frío intenso y seco.
Surritonto: Simple.

 

 

LA ÑEVE

Petronila La Churra. La Yesa.

Mientres el recreo escomenzaron a cair los primeras bolisas de ñeve, la refrior era muncha, asina que nus hicieron entrar antes d’hora a l’escuela. A la qu’escomenzó el mestro a darnus la leción, se percató que naide l’hacia muncho caso, namas adonabamos la ventana, inotizaus por isas bolisicas blancas que caiban aspacico. El mestro s’entufó y nus obligó sin muncho esito a atiendele, eran las primeras ñeves d’aquel año, habia ganicas, pos la ñeve era mu inorada por tos nusotros. Pronte jueron muncho más grandizas tar cuar si estuviera esplumando un pollo y avientaran las plumas, tos estabamos mu niervosos, esperando ilusionaus que cuajonara, y d’endurar caindo asina, dicierto lu’haria.

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Pu’aquellas añás las diverticiones n’el lugar era mu poquicas, asina, a la c’allegaban las ñeves era una novedá que nus sacaba de lo rotinario, pu’eso los chiquillos inorabamos isos días blancos d’hibierno, pos había muchos juebos que namas podíamos hacelos mientres enduraba la ñeve. Montabamos güenas riñas dentre los zagalicos a bolazos de ñeve, tamien se los aventabamos a las chiquillas que se clisaban y chillaban pro, arrematando nusotros encanau a risión. Pero más que más, lo que nus agustaba era tirarnus por la rocha con un tabletón, anque no toas las ñevadicas valían pa ise menester, pos pa que rulara se precisaba una buena cantidá, lo menos tres u cuatro dedicos. Nus subíamos dos chiquillos cá ves, el tabletón agachaba más y mas escopeteo conforme bajaba la rocha, antonces chillabamos del cliso, munchas veces volcabamos u nus salíamos del camino aparando en el bancal d’abajo, pero nus agustaba tantísmo isa sensación d’aperigro que repitiamos una y otra ves, dica ya no endurabamos más del mal que nus hacia tol cuerpo de los aporreos y la refrior que nus entraba dica los güesos pos chano chano l’humedá iba calando y arrematabamos ameradicos.
A la que salimos a midió día pa’ir a yantar ya’era vidente que sería mu güena isa ñevá, pos acudieron las madres de los más chicutos pa carrialos a casa escopetias, tamien la miya asperaba a que salieramos el hermanico miyo y yo, había replegau a la Teresica, la hermanica nuestra, qu’era la mas chicuta de los tres pos tan apenas tindria cinco años, dentre medias estaba el hermanico miyo Albertico que tinia ocho añicos y yo qu’era el mayor con once. El mestro nus charro que de siguir asina no golvieramos a la tarde y la madre me arreó escopeteo pa que aganchara de la mano al Albertico y enfilamos ascape pa la casa.

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Alleguamos a la casa mu alcontentos, con ise atabanamiento que da la joventú, pos no solo cuajonaba la ñevadica, sinos que dencima isa tarde la tendríamos libre para jubar a la esbaradera. Pero pronte me percate que c’anguna cosa acayecia, pos conforme la madre guipó lo alcontentos qu’estabanmos nusotros, se le regiró una cara mu estrania, jué un embolique d’asombro y a la mesma vez d’amuine y entufé.
-Chiquillos, nu’esteis tan alcontentos que con la qu’está caindo, el padre aún anda con el ganau pu’esos montes.
-No s’amuine madre que pronte escampará.
No jué asina, yantamos mu callaicos, la madre adonaba el ventanuco de la cocina de refilón, era mu chicuto y daba al corral, chano chano la ventisca jué enllenando de ñeve el güeco, ya casi no se guipaba ná, antonces las sintimos, eran las campanas de la iglesia.
-Madre, ¿por que pican las campanas?, No paice que clamen a fuego.
-Nu’es a fuego, es a ñeve, tocan pá que los pastores al síntilas acudan ancia el ruido, pos agora mesmo con la ventisca ya no se debe guipar nadica pu’ahi ajuera, ni caminos, ni árboles, ni ná, vienen a cegas dando güeltas sin saber ande estan las casas.
Me clise muncho, de sopetón juí dispierto, lo que tanto había inorau era mu aperilloso, el padre estaba perdió sin asampar golver a casa tar cuar tos los pastores. Chano chano m’amuine más y más, entonces sistimos los truenos, a la contra d’escampar, paicia que la cosa empioraba pro.
-Madre, me voy al corral a ver si allegará el padre.
-Ni se t’escurra salir de casa agora, si asampa allegar a las casas vendrá solo, las borregas no le habrán podido siguir, asina que roguemos a Dios que las haiga cerrau en angun corral pu’el monte, si nos, po’que estén perdías y no se si…
-¿Que quié dicir, qu’espicharán?
– Hay hijo, no sería la vez primera c’acaice isa disgracia n’el lugar, peru’agora l’unico que tengo en la casporra es que el padre tuyo asampe allegar a casa.
No debieron pasar munchas horas pero jueron mu largas, las campanas nus mantenían en tensión, contando el tiempo amuinandunos más y más conforme escomenzaba a cair la tarde, y la foscor pronte allegaría repropiando aún más c’allegara el padre a casa. Picaron a la puerta con rabia, salió la madre escopetiá, era el alguacil.
-Maria, ¿aun nu’ha acudió el hombre tuyo?
-No, aún estamos asperando.
-Solo faltan dos pastores, toa la chente que andaba puel monte está ya n’el el lugar, de c’allegue avisar en la iglesia pa que paren de tocar, voy a ver si asampo allegar a la plaza, c’á ves es más repropiau meniase con ista ventisca, si y’hay midio metro ñeve.
Jué un rato mu ruin, los ojos bien abiertos, casi sin pestañiar, adonando el ventanuco cuasi cubierto de blanco pu’ande ya nu’entraba cuasi luz. Un ruido, nus regiramos ancia la puerta, pero no, era un trueno, s’apagó la perilla de la cocina, tar cuar escaicía cá ves que tronaba, ensiguidica nus quedabamos a foscas sin electricidá, asina que las velicas las teniamos mu a mano en l’alacena.

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Otro esclafido en l’entrada, si, era el padre, al remate allegó a casa y tanto alivio sintimos que los tres corrimos escopetiaus a acarrazalo, anque nus separamos pronte, pos nu’habia costumbre d’amostrar sintimientos. La madre le trajo ropas jutas pa que se cambiara chunto a la lumbre, venía yelau y amerau, no dejaba de temblequiar, asina que la madre echo más leña al sagato y dijo que tenía qu’ir a la iglesia a dar parte.
-Madre yu’iré.
-Chiquillo hace muncha refrior, no quiero que caigas malo, ya voy yo.
-No madre no padezca qu’estamos cerquica, y yo ya soy pro grande.
A la que chafé la calle me clisé muncho, me hundía cuasi dica los chenollos, nu asampaba guipar cuasi na, m’arrime a las paderes de las las casas y juí de memoria contando las casas dica la plaza, asampé allegar a la iglesia, allí endurabamos tres hombres c’a tanda tocaban d’una guisa costante y contina, de que me guipaban no me dejaron ni charrar, el alguacil desiguida me pregunto si ya había acudió el padre miyo, asentí con la casporra y aturaron de tocar.
-Au pues, y’estan tós que se sepa n’el lugar. Dijo el alguacil.
-Amunos a casa antes que se nus tape dica la puerta la iglesia de lo que cai. Charro un vecino miyo. -Chiquillo vente con mi que llevamos el mesmo camino.
Aquella noche sopamos aluzaus por las velicas, el padre nus esplicotio c’habia asampau cerralas n’un corral pu’el monte, dispues al bajar ancia el lugar se perdió y gracias a las campanas asampó allegar a casa. Isa noche al no tener luz no rulaba el aradio, asina que nus chitamos pronte, dinde’l catre se síntian los truenos, angunos mu cerca, ya había guipau lo c’habia en la calle y ya no m’hacia tanto gozo la ñeve, habíamos pasau mu mala tarde asperando amuinaus y clisaus, y anque al remate tos estábamos en la casa, el guipar a los padres tan cavilosos y amuinaus por la ñevá, jué clisandome a mi tamien, las borregas eran de lo que nus manteniamos y agora estaban lejos, aislas n’el monte.
De Mati mañana ya no se sintIa tronar, al abrir la ventana del cuarto miyo, la ñeve cuasi la tapaba entérica, l’ubri de par en par y arempujé la ñeve ancia la calle, antonces con tan apenas las premeras luces del día, adoné una blancor inmensa, tan rusiente que dica paicia aluzar por si mesma, un lugar yelau ande naide paicia ser capable de salir de la casa suya, tar cuar muerto, en silencio. En los tejaus las grotescas crestas sobresalían amenazantes, bajo, las casas casi sin puertas, sepultadas en isa enorme manta yelada. Paralizau adonando l’espectaclo, sintí ruidos bajo, en la calle, escomenzaban los vecinos a asomasen, con palas apartaban la ñeve de las puertas pá asampar salir de las casas, cavilé que nusotros habíamos d’hacer lo mesmo, asina que me vistí escopetiau y baje. La madre había amanau el desayuno y el padre ya carriaba la pala.
-Chiquillo, desayuna mientres limpio una miaja la puerta qu’hemos d’ir al corral ande cerré el ganau.
-Antonces padre, ¿hoy no voy a l’escuela?
-No, hoy m’haces falta n’el monte.
Dispues de desayunar tos, la madre carrió acuestas a la chicuta y s’enfilo pa la escuela con el hermanico miyo de la mano. La chente jué haciendo una sendica con las palas por toas las calles p’allegar a tos los puestos, pos era menester ir a por agua pa los animalicos, allegar a los corrales pá échales de comer, amasar pan, comprar en la botiga, arrematando, endurar vivindo y los chiquillos ande mijor estaban pa no dar pena, era en l’escuela.
Mientres el padre y yo apreparamos la buja, l’echamos una manta dencima y con pellejos de borrega el padre le forró las potas, pos dicia que podían dica yelasen dispues le tiramos dencima la manta el serón y lo carregamos con un par de taleguicas d’orio, las palas, un capazo y una astral. Nosotros tamien nus forramos bien, nus pusimos unos zuecos abarqueros, carriaban la suela de madera y pesaban muncho, peru’era lo mijor pa chafar ñeve. Mientres el padre me tapaba bien con bufanda y gorro allego la madre y nus echo la berienda pos no se sabía lo que nus costaría la faina n’el monte.
En que dejamos la sendica que la chente había escavau y nus adentramos n’el manto blanco me percaté de lo repropiau qu’era andar por dencima la ñeve, Nusotros ubriamos camino y la buja siguia las chafás nuestras, t’hundidas cuasi dica el genollo, asina qu’era menester alzar muncho las garras a cá paso, n’algunos sitios t’hundias muncho más, dica cuasi la cintura, asina que la bujica pu’alli nu’asamparia pasar, era menester recular pá buscar otro camino. Paicia que nu’allegariamos nunca, estaba atobáu, y los pies chano chano se jueron yelando, m’hacian muncho mal, pero era menester endurar, no se guipaba nengún lugar ande reguardarnus, había c’allegar al corral.
-Hay’stá el corral chiquillo.

(c) Perth & Kinross Council; Supplied by The Public Catalogue Foundation

C

Sintimos lladrar al Rufo, el perrico pastor que teníamos, y quel padre dejó allí con l’atajo, ensiguidica las borregas escomenzaron a balar, tar cuar si nus clamaran y s’alcontentaran de sistirnus allegar. P’asampar ubrir la puerta jué menester sacar las palas y apartar muncha ñeve, dispues entramos. Allí, al estar las borreguicas se estaba calentico, asina que s’agradecía estar por fin a cubierto. Les echamos orio en una gamella qu’era nomás un trajo vaciau, se tiraron a menchar con delirio, la buja tamien s’aplicó a menchar, a la c’acoraron el padre dijo c’habia qu’enllenar de ñeve la gamella pa que chano chano se regalara y asina asamparan beber augua las borreguicas. Con el capazo y las palas enllenamos la gamella de ñeve del mesmo escubierto, a la c’arrematamos isa faina, aganchó el padre l’astral y nus enfilamos al monte, drechos ancia unas trabinas, el padre escomenzó a cuertar brancas y dispues dentre los dos las arrastramos al corral. Estaba vencidico, derringlau de tanto bregar con la ñeve, arrastrando brancas pa que las borregas rosigaran anguna cosa verde, el padre se debió percatar de lo mal que lu’estaba pasando y dijo de plegar pá mencharnus la berienda.
Dispues de yantar aún cuertamos mas brancas y se las penchamos pu’el corral a las borregas, al remate el padre dijo de golver a casa. La güelta jué una miaja mijor pos siguimos la mesma sendica de la mañana, el perrico se vino con nusotros y tamien cuatro borregas que estaban paridas y teníamos en casa los borreguicos pasando esmayo.
De qu’entramos al lugar, cerca de las primeras casas nus topetamos a los chiquillos que y’habian salió d’escuela, arrastraban dentre varios un trillo, Albertico tamien estaba con ellos.
-¡Perico!, ¡mira hemos aganchau un trillo!, vamos a l’esbaraera, dicierto rula mu bien.
-Chiquillo veste con ellos si t’hace gozo que ya no t’he de mandar más fainas. Dijo el padre.
-No padre, amunos al sagato que ya he tenio pro ñeves.

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