Que el 18 promocione la participación y limpie de polvo y paja

… a la solana

Ezequiel Castellano – Coordinador del CELS

Ahora que el nuevo año se acaba de estrenar, conviene hacer votos para que los próximos 365 días, sean capaces de continuar promoviendo la participación ciudadana en nuestros pueblos y aldeas hasta tal punto, que a partir de este año, nada se pueda decidir en las administraciones públicas de esta comarca, sin contar con la ciudadanía.

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Seguramente sueño rollos, dada la situación política por la que se pasa en estas semanas. en que a M.Rajoy le ha salido el tiro por la culata del 155. Para que la participación ciudadana tome cuerpo, en los diecinueve pueblos de la Serranía, se debería vivir una revolución social de tal calibre, que todos ellos, dispusieran de una Carta de Participación que regulara las relaciones más allá de la representatividad.

Pero además, los plenos municipales, tendrían que recuperar delegaciones que dejaron en manos de las comisiones de gobierno, con el fin de hacerlos más políticos y menos técnicos. Igual a los secretarios del cuerpo nacional, no les acabará de hacer gracia, porque estas relaciones tan abiertas, les deja fuera del marco legal establecido e impuesto por el régimen del 78 y sin armas “leguleyas” para aplicar.

Curiosamente, las personas adscritas a las asociaciones, grupos y entidades de la Serranía, entienden a la perfección lo que significa la participación ciudadana, pero resulta curioso que, si estas personas ocupan cargos de representación, pierden el norte de la participación y se suelen refugiar en la calidez que les proporciona la silla de concejala o concejal.

Este deseo expresado para el 2018, tiene fundamento en la necesidad de reconocer públicamente, que la Democracia se fundamenta en los principios básicos de la libertad, la igualad, la calidad de vida, el compromiso social y la solidaridad entre las personas. No hay otra posibilidad para romper la apatía generalizada, que la necesidad de potenciar la participación.

De esta manera, mientras se camina hacia ese punto, el 2018 ha de servir para restaurar y ordenar los canales necesarios para encontrar un lugar de confluencia entre las instituciones públicas y privadas de la Serranía. Esta comarca tiene vida y también tiene una vocación inexorable de supervivencia, demostrada incluso en las peores condiciones y a pesar de las dos mancomunidades que la dividen.

Resulta imprescindible llegar a la primavera de la participación, con objeto de conseguir limpiar de polvo y paja nuestros pueblos. No sólo en sentido real relacionado con la minería a cielo abierto, sino también, obtener los mejores representantes, para conseguir los más altos logros en relación a la cultura, la sanidad, la educación, el transporte, el ocio y tiempo libre, las políticas juveniles, el bienestar social, los mayores…  Que el 2018 ayude a promocionar la participación y a limpiar nuestros pueblos de polvo y paja.

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MARÍA RIVAS, LLÍRIA Y EL TIEMPO DE LOS SUEÑOS

Alfons Cervera

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Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ya sé que los recuerdos mienten. Lo decía mi querido José Manuel Caballero Bonald y tenía toda la razón. El pasado es una laguna con el fondo incógnito de las arenas movedizas. Por eso a mucha gente le chifla la nostalgia, ese celofán que envuelve en reflejos de colores el blanco y negro de un tiempo sometido a la devastación. Y a pesar de eso, hoy quiero escarbar -lejos del furor cínico y tramposo de muchas crónicas de actualidad- en lo que fueron aquellos años de aprendizaje por las calles de Llíria, en la comarca del Camp de Túria, un pueblo que no es el mío, pero como si lo fuera. Allí viví precisamente ese tiempo que vamos construyendo a medias con la realidad y con la imaginación. Allí trabajaba por la noche en el horno de mis padres y durante el día estudiaba el bachillerato en la Academia Edeta. Dormía a ratos sueltos, que es una manera de dormir como otra cualquiera, sólo que con los relojes cambiados de hora. Teníamos doce o trece años, que es lo mismo que no tener nada, si acaso sólo dos o tres versos dedicados en una canción de Cliff Richard o el Dúo Dinámico.

En la Academia Edeta nos daba clase de literatura María Rivas. Ahí está ella, en la fotografía, con una clase que no era la mía y con sus colegas Miguel Bañuls, Augusto Roca y José Jordán. También nos daba latín y de vez en cuando matemáticas. Pero yo la recuerdo principalmente por las clases de literatura. Y no por los libros o los autores que formaran parte del programa, que imagino que no sería una lista muy larga, sino porque lo que más hacíamos era escribir redacciones, contar historias que luego leíamos puestos en corro en medio del aula. Al menos eso es lo que recuerdo y posiblemente mis colegas de curso lo recuerden de otra manera. Pero es seguro que quien sigue ocupando el mismo lugar en ese recorrido por la memoria de aquellos años es ella, la señorita Rivas. Tenía genio, mucho genio, venía de Cataluña (entonces Catalunya se escribía con ñ), había sido discípula de Vicens Vives y nos hacía leer los poemas de Bécquer sin que sonaran a musiquita sonajero, que es como siempre se ha enseñado a Bécquer en las malas clases de literatura: las golondrinas colgadas de un balcón, el arpa cubierta de polvo, la soledad de los muertos, poesía eres tú y arreando que es gerundio.

Un día nos dijo que en Llíria teníamos un escritor importante. El nombre nos sonaba a chino. Además, era imposible de pronunciar: George H. White. Nada menos que George H. White. Lo que se me quedó no fue el nombre sino el runrún del cerebro pensando en la imagen de un escritor. Un marciano o algo parecido. Un día vi a Pascual Enguídanos en la esquina de una calle y me pareció una persona normal y corriente, pero cuando pensaba que su nombre de escritor era George H. White me lo imaginaba como un extraterrestre que había viajado a la Tierra desde alguna lejanísima Galaxia de nombre igual de impronunciable. Poco después ya empecé a leer sus novelas, aquellas pequeñas novelas del Oeste, del FBI, y sobre todo las de Ciencia-Ficción, un género en que era un auténtico maestro. Tantos años después aún sigo leyendo esas novelas. Fue en sus páginas donde mucha gente nos iniciamos en la lectura. En las casas sin libros como la mía, los únicos que había eran los que cambiábamos en el mercado de los jueves, esas novelitas llamadas de “a duro” porque era eso lo que costaban en los quioscos. Gracias a las clases de María Rivas, y a aquellas primeras redacciones leídas en corro, me aficioné a la lectura y mucho después a escribir los primeros poemas y relatos. Hace unas horas volvía a los poemas de Bécquer (en la edición de Francisco López Estrada y Mª Teresa López García-Berdoy) y se mezclaron con sus “rimas” los años aquellos en que todo era como si nada. Y se me ocurrió que a lo mejor estaría bien escapar del agujero negro de los telediarios y contar, con la brevedad y la torpeza de un escurridizo apresuramiento, la historia de una infancia que fue aprendiendo lo que era la vida sin saber que la vida es algo con lo que no se pueden gastar bromas, como nos recordaría poco tiempo después el poeta Gil de Biedma.

Un día cerró la Academia Edeta y pasamos a la Almi. También se vino al nuevo destino la señorita Rivas. Y cuando años más tarde abrieron el Instituto de Bachillerato y la Almi se convertiría en otro espacio sentimental fundido en la memoria, ella seguiría en ese noble oficio de profesora que amaba más que a su propia vida. Ya hace mucho tiempo que no la veo. Antes nos juntábamos los de entonces con ella y con Miguel Bañuls, su marido, pero no convertíamos el encuentro en un ejercicio de engañosa nostalgia. Sabíamos, y sabemos cada vez más y mejor, que nada es lo mismo, que el tiempo estraga lo que encuentra a su paso, que el polvo del arpa que sonaba en aquel tiempo infame (aunque eso lo supimos más tarde, tal vez demasiado tarde) se resistía y se sigue resistiendo a la poética bayeta del mismísimo Gustavo Adolfo Bécquer.

Escribo esto para rendir tributo a una mujer que me enseñó aquello tan antiguo y olvidado que decía Machado: “sed buenos, y no más”. La literatura y el periodismo me sirvieron para eso. O eso creo. En Llíria, y en el recuerdo de varias generaciones que pasaron por sus clases, sigue viviendo María Rivas, la maestra que nos enseñaba a contar historias cuando éramos críos y que a mí me enseñó también a convertir aquellos sueños adolescentes en un tiempo para recordar. “¿Quién podría volver hacia fuera, de un golpe, el forro del tiempo?”, se preguntaba Walter Benjamin en las páginas inmensas, inabarcables, de Libro de los Pasajes. Y él mismo se contestaba: dejar al descubierto el tiempo, sacarlo de la oscuridad, es lo que hacemos cuando contamos nuestros sueños.

Seguro que en las vidas de ustedes hay alguna María Rivas que ayudó a que su mundo, el de ustedes cuando tenían doce o trece años, no fuera una engañifa. Estaría bien, por eso, que no la olvidaran nunca. Ojalá que no la olviden. Ojalá.

el diario.es

CLARO QUE INFLUYE CATALUÑA

a la solana

De vez en cuando, hay personas, conciudadanas y conciudadanos nuestros, que aportan ideas para publicar en esta columna que gentilmente nos permite publicar Peña Ramiro. En esta ocasión, he de manifestar que desde el primer dia del mes de octubre, han sido más que menos, las que en la Serranía me han hecho la misma pregunta: ¿Qué piensas sobre la independencia de Catalunya?

La Serranía Valencia

Foto M. Ibáñez

Los acontecimientos discurren a tal velocidad, que seguramente cuando aparecerá esta opinión, habrán pasado cosas que enmendarán lo que aquí se manifiesta. Pero a pesar de ello, he de decir, sin pelos en la lengua, que todos los pueblos del mundo deben tener la posibilidad de decidir su futuro y de proclamarse independientes que aquellos otros de los que consideran que no respetan ni sus normas, ni sus costumbres, ni su cultura.

Dicho esto, quiero subrayar que cuanto protagonice Cataluña, nos afectará en mucho al conjunto de pueblos, cillas y ciudades que configuramos el País Valenciano y nuestra comarca en particular. No se puede olvidar que aquel territorio situado al norte del rio Senia, representa la acuarta parte del producto interior bruto del conjunto del Estado y que nosotros, sufrimos una financiación en calidad de sumisión, que deberíamos hacer todo lo posible por intentar cambiar cuanto antes mejor.

En la actualidad, los valencianos y valencianas, disponemos de una renta per cápìta de un 12% inferior a la media del conjunto del Estado y si se mira en clave de l comarca de la Serranía, esta cantidad baja en dos puntos porcentuales. Esta situación la provoca el claro maltrato en la financiación procedente del gobierno central, sumada al agujero originado por el “partido podrido” mientras ha gestionado nuestras cuentas.

La Serranía siempre hemos hecho de farolillo rojo del conjunto del territorio valenciano, que ha ocupado el vagón de cola de las inversiones provenientes de Madrid. No debemos olvidar tampoco que para el régimen presidido por el golpista general, nosotros siempre hemos sido los vencidos y que, posteriormente, esta tendencia se ha mantenido a pesar de ser el granero de votos para que M.Rajoy siga discriminándonos.

La recentralización política que impone el presidente español actual, la involución cultural a que somete el gobierno de Mariano y las limitaciones que atenazan la política de Montoro a los ayuntamientos, no nos permite salir de esta difícil situación en la que nos encontramos.

Al País Valenciano, a los serranos y serranas, siempre nos ha influido y mucho lo que se vive al norte relativo a la cultura, la economía, las costumbres y las formas de entender la vida. Con una Cataluña independiente, la Serranía lo será menos, porque en estas cuestiones, siempre se producen las corrientes de flujo y reflujo, de acción y de reacción.

Pero no por ello se ha de tener miedo a nada y todavía menos a los efectos que puede producir la libertad de un pueblo que se ha sentido olvidado, recortado, cercenado y oprimido, desde hace más de tres siglos y por injusto derecho de conquista. Estoy convencido que, a pesar de todo, por encima de todo, viviremos, porque nuestro talante suele ser superador de zancadillas y problemas.

Ezequiel Castellano i Moreno – Maestro y periodista

ASTROTURISMO EN ARAS DE LOS OLMOS

Hoy se ha celebrado una reunión en Aras de los Olmos con agentes del sector del astroturismo de la Comunitat Valenciana.

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El astroturismo es un producto turístico que puede contribuir a dinamizar espacios rurales, ya que, es precisamente en estos espacios donde más fácilmente se puede observar un cielo limpio, sin contaminación lumínica.

Uno de estos cielos limpios es el de la Serranía, concretamente el de Aras de los Olmos, que junto a Titaguas, Alpuente y la Yesa, han recibido la distinción de Reserva Starlight que otorga la Unesco.

Ser Reserva Starlight no es cosa de poca importancia ya que esa distinción la ostentan sólamente nueve espacios más en todo el planeta. Evidentemente existen más espacios que podrían obtener la certificación si lo pidieran pero hay que otorgar el mayor valor a estos municipios, por su trabajo en conseguir dicha distinción.

¿Y para qué sirve esto? Yo diría que para mucho más que para atraer interesados en la astronomía, puesto que estos ya son conscientes del valor del observatorio de Aras y de la gran labor científica que desde allí se hace desde hace años.

Sirve para dotar a un territorio de un valor común, y muy valioso, para que sus vecinos lo conozcan, valoren, y difundan.

Para que los niños del Alto Turia conozcan al dedillo el nombre de estrellas, constelaciones, planetas… Para que todo aquel que llegue a Titaguas, a Aras, a Alpuente o a La Yesa se entere de que ha entrado en un lugar PRIVILEGIADO, donde mirar al cielo con un telescopio te puede hacer disfrutar de una experiencia increíble, donde existe la posibilidad de que un astrónomo te haga partícipe de su conocimiento y entusiasmo por la astronomía mientras te alojas en un hotel o casa rural, donde se celebren eventos a lo largo de todo el año en relación con la astronomía, donde se dé facilidades para acoger reuniones y congresos sobre la materia, donde se ofrezcan paquetes combinados de viajes para extranjeros, excursiones de un día para aquellos que están en la playa o en la ciudad de Valencia, tan cerca, donde se ofrezca la posibilidad de conocer la riqueza paleontológica, botánica, natural, gastronómica, patrimonial de la comarca y más allá.

Que estos municipios sean el punto de origen para hacer visitas a Galáctica, en Javalambre, que aunque sea en Aragón está a un tiro de piedra…

Todo esto se consigue con empeño, con ganas, con conciencia de que hay que aprovechar las fortalezas de tener un territorio rico en biodiversidad y en un cielo envidiable, involucrando a todo el mundo, reduciendo la intensidad lumínica, asociando esfuerzos, sumando voluntades, y apoyándose en quienes ya están trabajando en ello, ¡que ya son unos cuantos!.

La promoción turística, la comunicación, la formación, se puede asumir desde otras entidades, pero la ilusión, el empeño y la laboriosidad está en el territorio, creo yo.

Rosa Molins

Técnico en Turismo.

LA SERRANÍA Y LOS PLANES DE TURISMO

Rosa Molins Ten,

Técnico en Turismo

El pasado 12 de septiembre se celebró en L’Alcúdia un congreso organizado por la Universitat de València y la Agència Valenciana del Turisme cuyo eje central fue el dar a conocer y debatir las diferentes estrategias para el desarrollo turístico territorial valenciano. Estrategias planteadas tanto desde la administración como desde el sector turístico.

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El Congreso resultó novedoso en cuanto a que reunió a todos los participantes de los diferentes Planes de gobernanza y dinamización turística que hay en marcha en estos momentos en la Comunitat Valenciana con la idea de, -creo yo-, contribuir a abrir la mente a otras estrategias, a otras maneras de trabajar, a mirar a nuestros vecinos y en ocasiones a aprender de ellos. Estos planes persiguen que el turismo sea uno de los motores económicos que contribuya a dinamizar el territorio mediante la implantación y desarrollo de estrategias y actuaciones turísticas, e involucran económicamente a diferentes administraciones; la municipal, a través de mancomunidades o asociaciones de municipios, la provincial, de mano de los Patronatos Provinciales de Turismo y la autonómica, a través de la Agència Valenciana del Turisme. Y es en esta triple participación donde se enmarca el otro objetivo de los planes: la gobernanza colaborativa* ya que también se incluye al sector privado en la planificación turística.

*Gobernanza: Arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía.

Además, se presentaba una útil herramienta elaborada por la Universitat de València en forma de guía para la elaboración de planes de desarrollo territorial turístico. Un material elaborado y pensado para facilitar la toma de decisiones de todos aquellos que participan del desarrollo territorial turístico (ayuntamientos, mancomunidades, técnicos municipales, ADLs, etc).

Volviendo a los planes antes mencionados, nueve en total, por ahora, se vio cómo cada uno de ellos había desarrollado una diferente estrategia a la hora de abordar actuaciones para el desarrollo turístico.

Uno de los planes que está en marcha es el de la Mancomunidad del Alto Turia, formada por cinco municipios de la Serranía (Aras de los Olmos, Titaguas, Benagéber, Tuéjar y Chelva). Pocos, a mi parecer.

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Camino del Silencio, Benagéber

La gerente del Plan, María Zúñiga, describió brevemente las actuaciones impulsadas desde que se puso en marcha (entre otras la señalización de una ruta Btt que recorre los diferentes municipios, la ruta el Camino del Silencio en Benagéber, el diseño del “Parque de los sentidos” en Benagéber y que tiene por objeto ser un recurso adaptado y accesible, o la puesta en valor del refugio antiaéreo en Chelva).

En definitiva, actuaciones, entre otras diferentes más dirigidas a la realización de eventos o a la promoción turística, que persiguen ubicar el Alto Turia entre los destinos turísticos del interior valenciano.

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Refugio Antiaéreo Chelva. Fuente: ValenciaBonita.es

 

Del congreso extraigo varias conclusiones, obvias, pero no por ello menos importantes:

  • El desarrollo turístico de nuestras comarcas del interior pasa sí o sí por la colaboración de todos los municipios que forman la unidad territorial más lógica (histórica, comarcal o paisajística), de modo que se sumen las ofertas de cada uno de ellos y así se consiga crecer y hacerse un nombre como destino turístico; estoy pensando en el Matarraña o en la Garrotxa  o en el Maestrazgo turolense como referentes de destinos turísticos identificados por todos nosotros.
  • No todos los municipios tienen que optar por el turismo, no todos son turísticos, pero a veces son necesarios para reforzar a otros que sí que lo tienen como principal actividad.
  • Los planes y estrategias deben pensarse bajo la premisa de la sostenibilidad en el tiempo.
  • Para impulsar el desarrollo rural se deben aprovechar todos los recursos financieros que se pueda pensando en estrategias que trasciendan cada uno de los sectores económicos.
  • Para llevar a buen puerto las estrategias turísticas es necesario contar con la colaboración e implicación de la población (la que reside de continuo pero también la que sólo lo hace en periodos vacacionales), y también con el tejido asociativo y económico del municipio, aunque sean sectores ajenos al turístico.
  • Se debe involucrar al sector turístico de los municipios en la planificación turística y acompañarles en el cambio hacia las nuevas demandas.
  • Y, esto es importante: por parte de las administraciones: NO CREAR FALSAS EXPECTATIVAS.

Y entraríamos de lleno en cómo planificar actuaciones que se conviertan en productos turísticos atractivos ( si señalizamos senderos, pensemos en que se han de mantener, estudiar la capacidad de carga, la fragilidad de los espacios naturales por donde discurran,… que promuevan el consumo y gasto en las poblaciones, …)

Y por último una aportación de uno de los ponentes y una afirmación en la que creo firmemente: el turismo debe servir para mejorar la vida de la población rural.

Rosa Molins es Técnico en Turismo y trabaja en la Agència Valenciana del Turisme.

LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE

Esta semana hemos leído la noticia de que la Generalitat Valenciana completa la primera fase de adecuación de la base aérea de Benagéber para su uso en extinción de incendios y emergencias.

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La nota de prensa de la Generalitat continua indicando que “ha supuesto una inversión de 221.406 euros, según ha explicado la vicepresidenta del Consell y consellera de Igualdad y Políticas Inclusivas, Mónica Oltra, durante su visita al aeródromo. En total, la Generalitat invertirá 2,5 millones de euros en las obras de mejora y adecuación de la base aérea de Benagéber.

La vicepresidenta ha recalcado que se trata de “un gran proyecto de la Agencia Valenciana de Seguridad y Respuesta a las Emergencias que va a dar servicio a la Serranía y a las comarcas colindantes”.

Estas obras de mejora van a permitir que Benagéber se una a los aeródromos que dan servicio a las aeronaves encargadas de la vigilancia y extinción de incendios en la Comunitat Valenciana: Mutxamel, Siete Aguas, Tirig y Enguera, dado que “está en un lugar estratégico, al lado del embalse de Benagéber, y muy valioso desde el punto de vista de masa forestal“, ha indicado Oltra.

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Plano del proyectado aeródromo de ALCUBLAS

Todo ello me trae a la cabeza el proyecto abandonado de aeródromo en Alcublas. Era un proyecto de aeródromo deportivo que bien podría haberse adecuado a otras demandas. Pero el proyecto lo desestimó el actual consistorio: que si falta de presupuesto, que si falta de convencimiento, etc, en resumen, lo que pudo haber sido y no fue. Trescientos mil euros eran los necesarios para que el proyecto de aeródromo en Alcublas viera la luz, y ahora comprobamos que la Generalitat va a invertir dos millones y medio de euros en la base aérea de Benageber. Un aplauso a Benageber y a Rafael Darijo -su alcalde- en particular, por conseguir para su pueblo tamaña inversión que supone un halo de luz positiva de cara al futuro.

Se ha dicho muchas veces que uno de los problemas de nuestra comarca es carecer de un plan de desarrollo a medio plazo, con unas previsiones de lo que queremos que sea la Serranía dentro de 20 años. Alcublas con su proyectado aeródromo tuvo una posibilidad de prever un futuro algo más competitivo, pero se dejó estar. Pero claro, cómo pretendemos tener una visión a medio plazo en temas importantes cuando no somos capaces de solucionar problemas cotidianos como el tener una presión digna de agua en nuestras casas verano tras verano…

 

ESOS PUEBLOS QUE NO SALEN EN LOS MAPAS

Alfons Cervera – el diario.es

Hace unos días, el gobierno valenciano escogió el Rincón de Ademuz para reflexionar sobre sus logros y cuentas pendientes en los dos años de legislatura. Está bien esa elección. Una manera de escribir, en la tierra que se pisa, los planes de futuro para aliviar la despoblación que sufren las comarcas valencianas de interior. El Rincón y la Serranía son posiblemente las dos que se llevan la palma en lo que toca a quedarse cada día que pasa más vacías de gente y de esperanza. Quiero decir vacías de esperanza en el futuro -como apuntan los planes del Consell- pero digo también y sobre todo vacías de esperanza en el presente.

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Casas Bajas (Rincón de Ademuz)

Porque el futuro no existe. Hablar del futuro es una manera de secuestrar el presente, de poner el rábano en los morros del burro para que no lo alcance nunca. Hablar del futuro es hablar de ahora mismo y si no es así es que estamos haciendo trampa con el lenguaje. Las comarcas pobres y despobladas del interior necesitan buenas políticas que las ayuden a sobrevivir en el presente oscuro en que viven, y en el que seguirán viviendo si no se atina eficazmente en las posibles soluciones.

Siempre hubo algo en esas soluciones anunciadas a bombo y platillo que me sigue provocando una miaja de turbación. Las políticas de ayuda a los pequeños pueblos siempre se inventaron pensando en la gente que no vive en esos pueblos. El argumento ha sido tan repetidamente sencillo como inquietante: el turismo como única tabla de salvación. La canción de siempre: que venga gente a los pueblos que han perdido -si alguna vez lo tuvieron- su sitio en los mapas. Se prometían subvenciones que llenarían nuestras calles de un turismo amante de lo rural, de la tranquilidad que se respira en los sitios pequeños, de esa calma que vuela como un pájaro sobre los valles esculpidos en las montañas con el pico y la pala de una ilusión a prueba de la humillación y del cansancio. Lo de siempre: esa poesía cursi que alimenta las versiones silvestres del urbanita que no sabe lo que vale el peine rasposo de vivir en el culo del mundo. Me lo decía hace muchos años el inolvidable Vicent Ventura: “nunca hagas poesía de los pueblos pequeños”. Y tenía razón. En los pueblos pequeños lo que hay que hacer es destripar el falso bucolismo, abrir una brecha en una cultura que ensalza las tradiciones más anacrónicas (a veces crueles) y exponer esas tripas al aire luminoso de la modernidad. Lo rural no es un valor en sí mismo. Lo hemos de poner en valor, más que nadie, quienes ahí vivimos, casi siempre en unas condiciones que rayan la resistencia numantina. El turismo o el nuevo vecindario vendrá cuando quienes vivimos en medio de la despoblación lo hagamos en las mismas condiciones de confort que todos los demás. Y eso es lo que hay que exigir a las diversas instituciones que nos gobiernan.

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Benagéber (La Serranía)

Ahora el Consell y la Diputación de Valencia han hecho públicos a la vez sus encomiables propósitos de devolver a los pequeños pueblos de la montaña la vida que emigró a la búsqueda de otra vida mejor en las ciudades grandes o en el extranjero. Se trata de propósitos que muestran claras intenciones de generosa y justa ayuda a nuestra supervivencia. Esos planes para acabar con la desigualdad y la despoblación de las tierras de interior hablan de “políticas que garanticen empleo, bienestar y servicios públicos de calidad”. Mucho me parece y ojalá que todo -o cuanto más, mejor- pueda llegar a un final feliz más pronto que tarde.

Escribo aquí algunos detalles que ayuden a entender mejor la necesidad y la urgencia de que se implanten esas políticas de salvación puestas en boca de los presidentes de la Generalitat y la Diputación de Valencia, Ximo Puig y Jorge Rodríguez. Ya dije que la única manera de atraer el turismo o conseguir que aumente el vecindario más o menos fijo es que nuestros pueblos dispongan de todas las ventajas que disfrutan los pueblos y las ciudades grandes. No es posible atraer a nadie para un fin de semana o para toda la vida si tenemos en nuestros pueblos dos horas de ambulatorio médico y ninguna desde el viernes hasta el lunes. No es posible atraer a nadie si no hay un puñetero cajero automático donde sacar el esmirriado dinero de las pensiones. No es posible atraer a nadie si las nuevas tecnologías (internet y cobertura telefónica) son como el tam tam de aquella lejana Kukuanalandia que salía en “Las minas del rey Salomón”. No es posible atraer a nadie si los cauces de los ríos están cegados por esos peligrosos cañares que sólo generan podredumbre y que tanto gustan a los de la Confederación Hidrográfica del Júcar (menuda lacra, esa Confederación). No es posible atraer a nadie si las máquinas excavadoras siguen haciendo desaparecer las montañas como si fueran alumnas aventajadas del mago Houdini. No es posible atraer a nadie si la financiación municipal (la gran cuenta pendiente de todas las políticas) no da ni para pagar el sueldo del alguacil y mucho menos para pagar a las brigadas de limpieza o cualquier otro empleo más o menos estable que dependa de las arcas municipales. No es posible atraer a nadie que en plan emprendedor monte un pequeño negocio si los pocos que ya existen sufren cosa mala para sobrevivir. Por eso -y por mucho más- los planes de futuro del Consell y la Diputación de Valencia están llenos de buenas intenciones, pero no sé cuál será su eficacia final si no tienen en cuenta esos detalles aparentemente “insignificantes” que aquejan la difícil supervivencia de nuestros pequeños pueblos del monte.

Y una coda final para que se entienda mejor mi suspicacia cuando hablamos del turismo. No nos hace falta un turismo masificado y depredador al que le importa un pito la belleza del paisaje, un turismo que si pudiera (y a veces puede porque lo dejan) llegaría con el coche convertido en apisonadora al centro mismo de esa belleza, un turismo que limpia la grasa de las sartenes en el río y antes ha lanzado aguas abajo las bolsas de basura llenas de retales de pollo y botellas vacías de cerveza o coca cola. Un turismo que la única cultura medioambiental que ha mamado en su vida es la de la mierda. Tampoco queremos un turismo de ricos, faltaría más. Sencillamente, lo que queremos es un turismo cómplice con el que compartir lo poco que tenemos. Incluidos nuestros sueños.