ESOS PUEBLOS QUE NO SALEN EN LOS MAPAS

Alfons Cervera – el diario.es

Hace unos días, el gobierno valenciano escogió el Rincón de Ademuz para reflexionar sobre sus logros y cuentas pendientes en los dos años de legislatura. Está bien esa elección. Una manera de escribir, en la tierra que se pisa, los planes de futuro para aliviar la despoblación que sufren las comarcas valencianas de interior. El Rincón y la Serranía son posiblemente las dos que se llevan la palma en lo que toca a quedarse cada día que pasa más vacías de gente y de esperanza. Quiero decir vacías de esperanza en el futuro -como apuntan los planes del Consell- pero digo también y sobre todo vacías de esperanza en el presente.

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Casas Bajas (Rincón de Ademuz)

Porque el futuro no existe. Hablar del futuro es una manera de secuestrar el presente, de poner el rábano en los morros del burro para que no lo alcance nunca. Hablar del futuro es hablar de ahora mismo y si no es así es que estamos haciendo trampa con el lenguaje. Las comarcas pobres y despobladas del interior necesitan buenas políticas que las ayuden a sobrevivir en el presente oscuro en que viven, y en el que seguirán viviendo si no se atina eficazmente en las posibles soluciones.

Siempre hubo algo en esas soluciones anunciadas a bombo y platillo que me sigue provocando una miaja de turbación. Las políticas de ayuda a los pequeños pueblos siempre se inventaron pensando en la gente que no vive en esos pueblos. El argumento ha sido tan repetidamente sencillo como inquietante: el turismo como única tabla de salvación. La canción de siempre: que venga gente a los pueblos que han perdido -si alguna vez lo tuvieron- su sitio en los mapas. Se prometían subvenciones que llenarían nuestras calles de un turismo amante de lo rural, de la tranquilidad que se respira en los sitios pequeños, de esa calma que vuela como un pájaro sobre los valles esculpidos en las montañas con el pico y la pala de una ilusión a prueba de la humillación y del cansancio. Lo de siempre: esa poesía cursi que alimenta las versiones silvestres del urbanita que no sabe lo que vale el peine rasposo de vivir en el culo del mundo. Me lo decía hace muchos años el inolvidable Vicent Ventura: “nunca hagas poesía de los pueblos pequeños”. Y tenía razón. En los pueblos pequeños lo que hay que hacer es destripar el falso bucolismo, abrir una brecha en una cultura que ensalza las tradiciones más anacrónicas (a veces crueles) y exponer esas tripas al aire luminoso de la modernidad. Lo rural no es un valor en sí mismo. Lo hemos de poner en valor, más que nadie, quienes ahí vivimos, casi siempre en unas condiciones que rayan la resistencia numantina. El turismo o el nuevo vecindario vendrá cuando quienes vivimos en medio de la despoblación lo hagamos en las mismas condiciones de confort que todos los demás. Y eso es lo que hay que exigir a las diversas instituciones que nos gobiernan.

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Benagéber (La Serranía)

Ahora el Consell y la Diputación de Valencia han hecho públicos a la vez sus encomiables propósitos de devolver a los pequeños pueblos de la montaña la vida que emigró a la búsqueda de otra vida mejor en las ciudades grandes o en el extranjero. Se trata de propósitos que muestran claras intenciones de generosa y justa ayuda a nuestra supervivencia. Esos planes para acabar con la desigualdad y la despoblación de las tierras de interior hablan de “políticas que garanticen empleo, bienestar y servicios públicos de calidad”. Mucho me parece y ojalá que todo -o cuanto más, mejor- pueda llegar a un final feliz más pronto que tarde.

Escribo aquí algunos detalles que ayuden a entender mejor la necesidad y la urgencia de que se implanten esas políticas de salvación puestas en boca de los presidentes de la Generalitat y la Diputación de Valencia, Ximo Puig y Jorge Rodríguez. Ya dije que la única manera de atraer el turismo o conseguir que aumente el vecindario más o menos fijo es que nuestros pueblos dispongan de todas las ventajas que disfrutan los pueblos y las ciudades grandes. No es posible atraer a nadie para un fin de semana o para toda la vida si tenemos en nuestros pueblos dos horas de ambulatorio médico y ninguna desde el viernes hasta el lunes. No es posible atraer a nadie si no hay un puñetero cajero automático donde sacar el esmirriado dinero de las pensiones. No es posible atraer a nadie si las nuevas tecnologías (internet y cobertura telefónica) son como el tam tam de aquella lejana Kukuanalandia que salía en “Las minas del rey Salomón”. No es posible atraer a nadie si los cauces de los ríos están cegados por esos peligrosos cañares que sólo generan podredumbre y que tanto gustan a los de la Confederación Hidrográfica del Júcar (menuda lacra, esa Confederación). No es posible atraer a nadie si las máquinas excavadoras siguen haciendo desaparecer las montañas como si fueran alumnas aventajadas del mago Houdini. No es posible atraer a nadie si la financiación municipal (la gran cuenta pendiente de todas las políticas) no da ni para pagar el sueldo del alguacil y mucho menos para pagar a las brigadas de limpieza o cualquier otro empleo más o menos estable que dependa de las arcas municipales. No es posible atraer a nadie que en plan emprendedor monte un pequeño negocio si los pocos que ya existen sufren cosa mala para sobrevivir. Por eso -y por mucho más- los planes de futuro del Consell y la Diputación de Valencia están llenos de buenas intenciones, pero no sé cuál será su eficacia final si no tienen en cuenta esos detalles aparentemente “insignificantes” que aquejan la difícil supervivencia de nuestros pequeños pueblos del monte.

Y una coda final para que se entienda mejor mi suspicacia cuando hablamos del turismo. No nos hace falta un turismo masificado y depredador al que le importa un pito la belleza del paisaje, un turismo que si pudiera (y a veces puede porque lo dejan) llegaría con el coche convertido en apisonadora al centro mismo de esa belleza, un turismo que limpia la grasa de las sartenes en el río y antes ha lanzado aguas abajo las bolsas de basura llenas de retales de pollo y botellas vacías de cerveza o coca cola. Un turismo que la única cultura medioambiental que ha mamado en su vida es la de la mierda. Tampoco queremos un turismo de ricos, faltaría más. Sencillamente, lo que queremos es un turismo cómplice con el que compartir lo poco que tenemos. Incluidos nuestros sueños.

CERREMOS LOS OJOS Y PENSEMOS EN LO RURAL

Todo es según el color del cristal con que se mira. Hace ya dos siglos que Ramón de Campoamor incluyó esta frase en uno de sus poemas. Aprovechando la cita me viene una reflexión: si cerramos los ojos y pensamos en el despoblamiento rural, ¿qué vemos? ¿qué color tienen esas imágenes?, ¿son cercanas o lejanas? Y lo más importante, ¿desde dónde las pensamos?

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Acueducto Los Arcos, Alpuente. Foto M. Ibáñez

Independientemente de si vivimos en el pueblo o en una ciudad, es muy probable que este ejercicio de visualización lo hagamos desde lo urbano. La ciudad, su poderío y todo lo que ello representa coloniza de una manera brutal tanto el territorio como nuestros pensamientos. Por ello debemos buscar y encontrar hueco para lo rural también desde las ciudades. Seguramente nos vendrán pensamientos de mujeres que se van, jóvenes que vuelven tras el curso académico, campos abandonados, polígonos que de ello solo tienen el cartel, viviendas rehabilitadas, carteles de se alquila, tiendas llenas en verano… Dinámicas todas ellas tan diferentes como iguales pero que terminan hablando un idioma propio que todos bien conocemos.

Ha salido recientemente la noticia  que dice que la Generalitat anuncia rebajas fiscales contra la despoblación en las zonas rurales. Se aplicará a municipios de menos de mil habitantes y en particular a los 72 pueblos con riesgo de desaparecer. Es un primer paso, un excelente primer paso. Antes de hablar de si son las medidas necesarias o no, vamos a esperar a ver cuáles son, cuando se ponen en marcha y la cuantía de las mismas. Está demostrado que “el café para todos” no da buenos resultados y es más rentable y eficaz el analizar la idiosincrasia de cada territorio para aplicar luego medidas individualizadas.

Cerremos los ojos y pensemos en lo rural. Pero tengámoslos bien abiertos para reclamar las medidas necesarias y apoyar todas las iniciativas que vengan en nuestra mejora y ayuda.

 

 

BAJO LA UMBRÍA DEL ABANDONO

La casa vieja y los gatos. La casa vieja. Los gatos. Una rocha que sube despacio hasta las eras y que en mitad de la pendiente se da la mano con esa soledad que tiene el mismo tono grisenco del que está pintado el abandono de los pueblos.

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Esos lugares que acaban no apareciendo por ningún mapa. Los que terminan no siendo. Las ventanas de las cambras y un poco más arriba el trespol sobre el que se duermen los trastos que no se usan. Aquello que acaba entrando al santuario de la memoria por la puerta falsa del recuerdo. Ese silencio hecho de otros tantos silencios, de cientos, o esa nada que es el escondrijo de las últimas sombras. La quietud. El lado vacío de las palabras no pronunciadas o el de las despedidas. Las plazas desoladas del territorio. El semblante bastardo de los sitios desiertos. Como si los que se fueron se hubieran llevado consigo el sonido rítmico de los pasos. Como si ahora no hubiera otra cosa más que las paredes baldías de lo inhóspito. La penumbra de las despensas hambrientas. Los manchurrones del musgo que nadie limpia. Queda la ausencia. El erial de mil ausencias y el de la despoblación de las calles. Jaulones en los que se cobija apenas la arquitectura solitaria de las telarañas. El eco invisible del viaje para no volver. El hasta nunca de las historias lejanas. Escaleras que ascienden a ninguna parte porque las casas se caen bajo el peso abrumador de los otoños. Y porque la despoblación es un gusano que se les ha enroscado en las tripas de mala manera.

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Hay terrados por los que únicamente se pasea el sol y las gotas anchas de las tormentas. Tendederos de alambre oxidado que han olvidado el tacto de las pinzas y la forma exacta de las camisas. Antenas mancas que son de los tiempos de María Castaña y en cuyas varillas se detuvo la antigüedad sin color del UHF. También pájaros descarados que entran y salen por los cristales rotos. Hay eso. No hay otra cosa. Un amasijo de relojes parados y de alamedas sin caminantes, por los que cada tarde transitan solo los fantasmas prehistóricos de sus habitantes. Soledad. En el tablado en el que antes tocaban los músicos no ves sino un coro mudo de violines: esos que repiten cada madrugada la cantinela triste de la desaparición. Una melodía irremediable. La musiquilla estúpida del se acabó lo que se daba. Las gentes se fueron marchando y ahora no encuentras más que moscas buscando piel y sillas de enea observando las nubes con las patas boca arriba. La geometría de lo inerte.

Hace falta traer personas, más falta aún que plantar árboles. Revivir. Acabar con las voces calladas y con esas puertas cerradas a cal y canto. Llenar las calles de críos antes de que las ratas y los gatos se adueñen de las esquinas y de todas las revueltas de los callejones. No más tarde de que a esos pueblos se los coman por dentro las carcomas y las lluvias de octubre. Hay que hacerlo antes de que se los lleve por delante el olvido o el escamoteo de la historia.

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Demasiado silencio y demasiada tranquilidad. Una afonía que viene a ser como la extinción atrasada de los dinosaurios. La desaparición lenta de los sitios. El quién te ha visto y quién te ve de los lugares. Una sentencia a muerte que se viene cumpliendo desde décadas bajo el decorado melancólico de las partidas. Es necesario que los autobuses suban por las cuestas cargados con las maletas del regreso. Que el morro de los vehículos asome por esos repechos que ponen el acento a las tierras de interior. Que resucite el vocerío de los días de mercado y el soniquete de las fiestas de agosto. Escarbar en el tiempo de otros. Rescatar del olvido las aldeas que han quedado descolgadas del calendario de nuestros días. Salvarlas de la desolación oscura. Sembrar futuro donde se ha hecho fuerte la vejez. Emblanquinar las fachadas y llenarlas del vigor de la recuperación: con nuevos motivos y renovados usos, pero poniendo límites a esa resta criminal. Es tiempo de despertar del mal sueño y dar solución al problema. Tiempo de decir basta y hasta aquí hemos llegado.

AMADEO LABORDA
Autor de la novela “La memoria de tu nombre”.

Pedralba, a 16 de mayo de 2017

DESPOBLACIÓN, GENTRIFICACIÓN Y FUTURO EN LA SERRANÍA

Josep Montesinos

“Estamos concentrando nuestros esfuerzos y recursos hacia la construcción de ciudades para invertir en lugar de ciudades para vivir. La satisfacción humana se mide en dinero.”  Estas eran las palabras entresacadas de una entrevista a  David Harvey, catedrático de Antropología y Geografía de la City University of New York (CUNY). No tenemos grandes ciudades en nuestra comarca, pero sí la frase puede servir, en parte, para mostrar la situación actual de la Serranía.

1. Disponemos de variados paisajes caracteristicos. Foto Josep Montesinos

Disponemos de variados paisajes característicos. Foto J Montesinos

El abandono secular se estas tierras, la falta de servicios, problemas de movilidad y transporte, cierre de escuelas, despoblación… El modelo neoliberal en el que estamos, supone para estos espacios la etiqueta de ‘no competitivos’ y por ello abandonados a su suerte en esta carrera por el ‘beneficio’.  No obstante ¿puede ser apetecible en algún momento la inversión? ¿? hasta qué punto la inversión externa en la búsqueda de beneficio puede mejorar las condiciones de la comarca?

2. Ruina. abandono y despoblación. Foto JM

Ruina, abandono y despoblación. Foto JM

Una de las soluciones que se ha estado brindando es la inversión en turismo. El turismo es nuestra primera industria a nivel estatal y también puede ser un atractivo para nuestras tierras que gozan de un magnífico entorno medioambiental y patrimonial. Pero evidentemente el monocultivo turístico no es ni con mucho la panacea que lo solucione todo. Y en muchas ocasiones la insostenibilidad del modelo turístico hace que se esté analizando el fenómeno en muchas ocasiones desde una perspectiva negativa (véase lo que está sucediendo en Barcelona, Venecia, nuestras costas…), donde la masificación expulsa a los habitantes al aumentar los precios, destrucción del paisaje, iunsostenibilidad en definitiva del fenómeno. El turismo como monocultivo supone a corto plazo cambios sociales, patrimoniales, económicos en unas tierras orientadas solo para el disfrute de los turistas. Un parque temático carente de vida.

3. La Serranía conserva rincones recónditos de paz y belleza. Foto JM

La Serranía conserva rincones recónditos de paz y belleza. Foto JM

El concepto de gentrificación surge en Gran Bretaña en los años sesenta del siglo pasado, definido por Ruth Glass como: “el proceso por el cual la alta burguesía urbana (urban gentgry) ocupaba y transformaba barrios pertenecientes a la clase trabajadora”. En realidad se trata del poder de cualquier grupo con recursos superiores que consigue expulsar y ocupar espacios de comunidades locales de un determinado lugar. Nuestros pueblos cada vez menos habitados, las aldeas, las casas de campo abandonadas pueden resultar sumamente atractivas para la inversión extranjera y el asentamiento de personas de otras nacionalidades, con precios muy competitivos en comparación con el resto de Europa. Este fenómeno que se ha venido dando en zonas especialmente costeras, pero también de interior (Valle de Ayora, por ejemplo). ¿Es ese otro modelo a apuntar para nuestras tierras? Volvemos a lo indicado más arriba: parque temático, desaparición de la población autóctona, ruptura de la memoria histórica, de los usos y costumbres.

4. Un rico Patrimonio a investiga,restaurar ,conservar y disfrutar. Foto JM

Un rico patrimonio a investigar, conservar y disfrutar. Foto JM

En una reciente entrevista a Sergio del Molino, autor del libro: La España vacía. Viaje por un país que nuca fue, decía: “No hay solución para la despoblación, pero hay que dar respuesta a los que aún viven ahí”. No estamos de acuerdo en la primera parte de la aseveración, pero sí en la segunda. Hay solución a la despoblación, fundamentalmente con que sus habitantes tengan un trabajo que permita una vida digna en el aprovechamiento de nuestra propia realidad en primer lugar: agricultura, aprovechamiento del bosque, ganadería, industria agroalimentaria, industrias sostenibles… , en que exista una buena red de comunicación, en escuelas en nuestros pueblos (quitar la escuela a una localidad es el principio del fin, y que no digan que es un tema económico pues no quiero hablar de algunos aeropuertos, AVEs, autopistas…), asistencia sanitaria…

La segunda parte de la frase habla de ‘dar respuesta a los que aún viven ahí’. Es de ley y justicia, los habitantes de la Serranía pertenecen a una Comunidad Autónoma, a un Estado, a una Unión Europea, en idénticas condiciones que el resto de los habitantes de esos espacios. El primer Patrimonio de un entorno son sus habitantes. En este momento desde las Administraciones Públicas se está volviendo los ojos hacia estos espacios cada vez más despoblados. Es por ello que lo primero que hay que pensar y dar soluciones a los problemas de sus habitantes. Es al mismo tiempo evidente la falta de inversiones públicas, las primeras que deberían aumentar.

5. El primer Patrimonio son los serranos y las serranas (Foto Archivo Vicente Llatas)

El primer patrimonio son los serranos y las serranas. Foto Archivo Vicente Llatas

La Serranía no debe ser el vertedero de la zona urbana costera. Tampoco soy, en absoluto, partidario de convertir la Serranía en un espacio exclusivo para el disfrute de los ‘urbanitas’, donde el vacío poblacional está cada vez más extendido, donde la memoria histórica se pierde con la desaparición de la población local.

 

El presente y el futuro no depende solo de la Administración, también y especialmente las acciones locales y comarcales que deben ser el motor del futuro. Partir de las propias característica locales y comarcales, ver los aspectos positivos, el camino de un crecimiento sostenible, a la colaboración mediante acciones conjuntas. La articulación comarcal es necesaria para compartir, generar, posibilitar servicios, para funcionar como un espacio común y de relación.

La Serranía no debe ser solo un lugar para visitar, sino un espacio para vivir.

 

  • Josep Montesinos i Martínez es Professor Titular d’Història de l’Art, Fac. Geografia-Història de València.

72 PUEBLOS EN RIESGO

El Consell ha creado la Agencia Valenciana contra la Despoblación (AVANT) para luchar contra la despoblación de las zonas rurales de la Comunidad Valenciana, en concreto se citan 72 pueblos con riesgo extremo.

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Aldea de La Almeza, Alpuente. Foto M. Ibáñez

Por lo que se indica, se creará una comisión interdepartamental que incidirá en movilidad, educación, sanidad, trabajo y fiscalidad para frenar este problema que genera desigualdad y sufren «gravemente» 72 municipios. La primera de las medidas estará destinada a proyectos por un importe de 100.000 € que contemplen actuaciones sobre patrimonio artístico, cultural, TIC o relacionadas con el agua.

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Poblaciones Serranas y del Rincón incluidas en AVANT

Lamentablemente la mayoría de los pueblos de nuestras comarcas La Serranía y Rincón de Ademuz aparecen en la lista. Siempre salimos en los rankings equivocados, es nuestro sino.

Llevamos camino de que  nuestros pueblos “cierren” entre semana y “abran” los fines de semana, como si fueran un comercio o un establecimiento turístico. Los pocos residentes serán los “caseros” que cuidarán sus poblaciones hasta las pascuas, agosto o fiestas de guardar.

Sin ánimo de ser pesados, queremos recalcar la necesidad de un transporte público adecuado para nuestras comarcas. Debe ser el punto primero de actuación para esta “operación rescate”. Ya lo hablamos en una anterior publicación en nuestro blog Serranos y Rurales.

  • Fijar población y evitar el despoblamiento.
  • Aumentar la calidad de vida de los ciudadanos.
  • Vertebrar el territorio.
  • Mejorar infraestructuras.
  • Impulsar el emprendimiento.
  • Favorecer la aparición y ubicación de empresas.
  • Aumentar la oferta educativa y cultural.
  • Promover el empoderamiento femenino y la igualdad.
  • Atender eficazmente a los mayores, personas dependientes y discapacitados.
  • Aumentar el atractivo turístico comarcal…

Disponer de un buen servicio de transporte público contribuye a alcanzar todos estos objetivos y, sobre todo, a dar respuesta a una necesidad real, vital para nuestro territorio. Esperemos que en no mucho tiempo, podamos disponer de algo tan básico y esencial como es el servicio de transporte público.

LAS VOCES DE LA RESISTENCIA RURAL

Alfons Cervera- eldiario.es

De la mano de Paco Cerdà y su libro ‘Los últimos. Voces de la Laponia española’, Alfons Cervera recorre algunos de los lugares menos poblados del interior de Valencia, la Serranía y el Rincón de Ademuz.

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Aras de los Olmos

El paisaje siempre será un territorio moral. Lo que allí vive. Todo lo que se mueve. Hasta las piedras que surgen de millones de años atrás. Siglos y más siglos que nos llevan a lo que el periodista valenciano Paco Cerdá llama la paradójica belleza de la despoblación. Acaba de publicar un libro de lectura inexcusable: Los últimos. Con un subtítulo añadido muy esclarecedor: Voces de la Laponia española. Cuidadosamente editado por Pepitas ediciones. Lo tengo aquí, al lado de otros libros, ocupando un lugar privilegiado entre todos los demás. He ido desde hace días de un sitio a otro de este itinerario que abruma por los kilómetros recorridos y sobre todo por ese vacío que va ocupando lentamente, con pulso de maestro, las páginas que lo cuentan. La Laponia española. La periferia de las periferias. Rincones casi clandestinos en las provincias de Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castelló: “menos de ocho personas por cada 140 campos de fútbol”. La hostia. El desierto. Ese vacío que antes les contaba. Y a pesar de eso -como también decía- la belleza que sigue persistentemente en esos sitios, como una liebre agazapada lejos de los disparos que intentan abatirla sin miramientos de ninguna clase.

El libro de Paco Cerdá no es sólo un libro. La verdad es que ningún libro es sólo un libro. Pero Los últimos es lo más de lo más. La vida lo cubre todo, aunque sea una vida aislada del resto del mundo, tan aislada que a ratos es como si la vida y la muerte, en su sentido más filosófico, fueran juntas a todas partes, de la mano, como cuando alguien se enamora de alguien o de algo y ya no quiere soltarlo aunque pasen cien años, como dicen los boleros. Un día me llamó Paco y me contó su proyecto. Hace unos meses. Quería visitar el Rincón de Ademuz y la Serranía. Las tierras de interior. Las que no salen en los mapas. Las del olvido, como dice en el libro Toni Gómez, que un día se cansó de su trabajo administrativo en Sedaví y se volvió a Castielfabib, su pueblo del Rincón. Y habla y habla del abandono a que a estas tierras de interior someten los políticos. Mucha Fórmula 1, mucha Copa América y mucho Palau de les Arts pero aquí arriba sólo nos traen la mierda. Lo de la mierda lo dice a su manera, entre la rabia y la resignación que no es resignación sino esa forma primaria que la gente del monte tiene de asumir y refugiarse de las tormentas. O como Josefina, que volvió de su periplo en Sabadell y se casó con Domingo, natural de Arroyo Cerezo, y allí vive: “la gente va donde le dan teta, y esto me parece que no tiene futuro”. El vacío. Los desiertos. Pero también la pasión de vivir en esos sitios y no en otros diferentes. La pasión, también. Una palabra que no recuerdo si sale en el libro pero que encontramos en todas sus páginas y en sus protagonistas. La decisión de vivir ahí y no en otros lugares que sí que salen en los mapas.

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El maestro de escuela Paco Moreno

Con Paco Cerdá recorrimos las calles de Aras de los Olmos, el último pueblo serrano antes del Rincón. Y hablamos con el maestro de escuela Paco Moreno. Conozco a Paco desde hace no sé cuántos años. Llegó a Aras de maestro desde San Clemente, su pueblo de Cuenca. Y allí se quedó. Llevaba a los críos a recorrer los montes, el método Freinet de la enseñanza, cómo la gente de Aras lo miraba al principio de reojo. Ahora es uno de los más entendidos en el cultivo de la almendra, del secano en general. Se jubiló y sigue en el pueblo. Un pozo de sabiduría, si me permiten ustedes ponerme un poco cursi. Un deslumbramiento para Paco Cerdá cuando conoció al hombre de la boina, que es para él un símbolo de quienes habitan, físicamente y desde su conciencia de resistentes, los crueles inviernos de tierra adentro. Y un poco antes, en la plaza, Manolo Cubell, Noli para los amigos, que fue alcalde de Aras y ahora alguacil, nos cuenta la historia centenaria del olmo que da nombre al pueblo. Lo cortaron por una enfermedad. Y la gente lloraba ese día como si la estuvieran dejando sin una parte importante de su propia vida.

Vuelvo al principio de este recorrido por la belleza de la despoblación. No sé si hay futuro o no para esta Laponia celtibérica. Lo que sé es que sigue habiendo gente que, a pesar de los cantos de sirena que llegan de un futuro inexistente fuera de nuestra tierra, hemos decidido vivir aquí en vez de en esos otros sitios donde prometen engañosamente atar los perros con longanizas. Como no supiéramos que en ningún sitio atan los perros con longanizas.

Y acabo este itinerario -acompañado por Los últimos, ese libro imprescindible- con las palabras de Juanito, uno de los diez o doce habitantes de Sesga, aldea del Rincón de Ademuz. Tiene setenta y siete años. Sólo salió de aquí para hacer la mili en Ceuta. Sus hermanos se fueron a Francia y el Port de Sagunt. Pero él ya no se movió de Sesga. Y no titubea ni un segundo para decir lo que dice: “Yo nunca me he ido. ¿Valencia? Me gusta mucho, pero yo no soy para estar bajo amo. No soy para trabajar en un sitio del que te despachen por llegar tarde y adonde no puedes ni hacer la siesta. No, en amo no. Yo aquí he estado siempre libre”. La libertad que siempre será lo que intuyamos al final de una resistencia que nadie ni nada nos va a arrebatar nunca. Somos ocho habitantes por cada 140 campos de fútbol. Salimos a pocos messis por kilómetros y kilómetros de monte. Pero aquí seguimos. Lejos de esa política -de izquierdas o derechas, qué importa en este caso- que nos quiere vender, como si aquí nos chupásemos el dedo, la moto escacharrada de un futuro para el mundo rural que sólo existe en sus proclamas electorales. Y después de esas proclamas, nada, absolutamente nada. Que esos políticos -de izquierdas o derechas, qué más da- sepan que nosotros sabemos la diferencia que hay entre lo que prometen sobre lo rural y lo que luego hacen. Que lo sepan al menos. Que lo sepan.