SALVAR LA TRADICIÓN ORAL

Ezequiel Castellano – Coordinador del CELS

La cultura se ha convertido, desde el siglo pasado, como unidad de medida del bienestar de los pueblos. En tiempos de nuestros abuelos, quien tenía un libro de las andanzas de los carlistas, decían de el, que gozaba de mucha cultura. Si además se trataba de varios volúmenes y estaba encuadernado en cuero rojo con letras doradas, el grado de cultura rayaba los niveles óptimos. Eso pasaba cuando el nivel de cultura de una persona o de un pueblo, se medía por volúmenes poseídos, por cantidad de letra impresa existente.

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La Mojiganga de Titaguas

En la actualidad, la unidad de cultura por metro cuadrado  no solo sirve para calibrar la inversión realizada en objetos de lectura, representaciones plásticas, esculturas… afortunadamente, este concepto ha padecido una buena mutación y, se entiende por cultura, alguna cosa más que el peso en libros o la ocupación de paredes en obra pictórica.

Una persona es culta, cuando la capacidad de diálogo ultrapasa el que suele ser común dentro del decorado geográfico que le circunda. Se dice de un pueblo que tiene cultura, a aquel que no maltrata a los animales, procura el bienestar de las personas y atiende las necesidades de desarrollo que le resultan favorables.

La cultura es, sin duda, un elemento dinamizador de libertad; un elemento fundamental para conseguir el bienestar social deseado. Así pues, para establecer los criterios que han de regir una política cultural para el siglo XXI, se ha de partir del hecho que la cultura és algo que se genera en la vida diaria de la ciudadanía.

Si la cultura es un bien por sí mismo, la cultura popular procedente de la transmisión oral, supera con creces esta valoración y aporta un rendimiento superior al que suponen muchos libros de texto que invaden la vida y nutren la preocupación de nuestros más jóvenes.

Nadie lo ha manifestado todavía, pero me atrevo a proclamar a los cuatro vientos, que la tradición oral ha aportado y aporta más bagaje cultural  de nuestra comarca, que una buena pila de libros en los que tan sólo se habla de geografías alienas, costumbres foranas o hablas extrañas. Una buena historia recorre, en poco tiempo, siglos de tradiciones serranas.

Que nadie piense que me sitúo del lado de la ignorancia; ni  mucho menos. Los libros ayudan a construir nuestro yo interior y a proyectarnos hacia mundos, situaciones y realidades ignotas, pero la tradición oral tiene un componente muy importante: la cercanía y el calor de las palabras. Debemos salvar esta costumbre.

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