TITAGUAS – LA CALERA del Castillo de la Cabrera y su valor etnológico

José Ramón López Carceller

Hola amigos, hoy presentaré después de un largo tiempo sin hacerlo un trabajo relacionado con la Serranía valenciana que, como sabéis por otras publicaciones mías me gusta investigar su historia y su cultura.
No quiero dejar pasar más tiempo sin hacerlo, y he decidido mostraros éste artículo que, he dedicado a los antiguos y tradicionales HORNOS DE CAL, actividad que, llevaron a cabo nuestros antepasados en la comarca de los Serranos.

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Este es un contenido que llevo bastante tiempo preparando e intentando sintetizar para que resulte la lectura lo más amena y atractiva posible, aunque por ser una actividad que requiere un trabajo laborioso y artesanal llevado a cabo por un equipo de personas de una forma conjunta y coordinada, poco se puede abreviar para tener una idea clara de la construcción de los hornos de cal.
Lo he preparado resaltando los detalles más peculiares y relevantes para la mejor comprensión de la fabricación de esta sustancia de color blanco o blanco grisáceo como es la cal. Por eso creo que con su lectura conoceréis las características y el esfuerzo que hacían los habitantes de esta bella comarca serrana en tiempos remotos para realizar estas tareas.

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Como siempre acompañaré fotos de mi archivo personal que, nos muestran el estado actual del horno, y otras fotos más localizadas en las redes sociales que, ilustrarán con claridad junto con dibujos el procedimiento de la fabricación de los hornos de cal.

Para comenzar deciros que, siento mucho respeto y una gran admiración por la arqueología y la paleontología. La primera me apasiona porque estudia los descubrimientos de la antigüedad a través de excavaciones, y la otra, me entusiasma porque analiza los restos fósiles de los seres que habitaron la tierra hace millones de años, siendo ambas ciencias disciplinas históricas qué, han despertado en mí la curiosidad de conocerlas e investigar sobre ellas.

Pero también me gusta saber y conocer en profundidad de la arquitectura de los edificios antiguos, tanto urbanos como los rurales que están diseminados por el territorio de la Comunidad Valenciana, gusto que, comparto con mi amigo Ramón Sánchez Castelló que, siempre está dispuesto a colaborar conmigo desinteresadamente en cualquier manifestación cultural.

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Es por eso que, hace unos meses hablábamos del Horno Medieval de Aras de los Olmos ubicado en el centro histórico de la población, con un cometido muy específico como es la fabricación de pan, alimento básico para nuestra dieta.

Pero la publicación que presento hoy es diferente, por su localización y por ser una actividad importante para los habitantes de la Serranía del siglo XVIII y XIX, y hasta mediados del XX.

En este texto contaré lo que he podido saber de los HORNOS DE CAL, llamados también “LAS CALERAS”, pero en particular de la CALERA DEL CASTILLO DE LA CABRERA, ubicada en el pueblo valenciano de TITAGUAS, lindero con Aras de los Olmos por el Norte de su término municipal, del cual hablaré con detalle más adelante después de hacer una descripción general de los hornos de cal.

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La CALERA está situada a las faldas de una colina, o cerro rocoso donde un poco más arriba del monte, ya en la cumbre, también se encuentran los restos arqueológicos de un castillo conocido por el nombre de EL CASTILLO DE LA CABRERA, fortificación musulmana derruida desde donde se divisa un espectacular paisaje por diferentes lados de la fortificación en ruina.

Desde esta atalaya y echando la vista atrás, es decir, oteando en dirección contraria a Titaguas, también se puede contemplar el bello y hermoso paraje de Aras de los Olmos que, se divisa entre los montes que circundan el lugar.

Desde el mismo promontorio pero esta vez mirando en dirección a la población de Titaguas, se observa un precioso valle situado entre montañas limitado por la carretera CV35, y combinado con tierras de cultivo de cereal donde resalta en la encrucijada de dos caminos la antiquísima masía de la MAILESA, construcción dedicada a la explotación agraria que, forma parte de la arquitectura rural del Altiplano de Alpuente y que, con el transcurrir del tiempo ha ido perdiendo su función como masía debido a la emigración de los habitantes de la Serranía hacia otras ciudades como Valencia y Barcelona, buscando mejor vida, lo que ocasionó el abandono total del inmueble.

Dada la importancia que debió tener la masía de LA MAILESA como singular construcción rural, y dada la cercanía al horno de cal, considero interesante hacer una breve mención sobre algunos acontecimientos históricos que sucedieron sobre ella.

Según nos informa el Ayuntamiento de Titaguas, la rehabilitación de la masía para la nueva actividad de Hotel Rural, comenzó a ser restaurada por iniciativa privada mediante licencia de obras del año 2011, pero lamentablemente fue interrumpida su construcción en el año 2012 aproximadamente, quizás motivado por causa de las desfavorables condiciones económicas en España en esos momentos.

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Esta casa de labor situada en el término municipal de Titaguas actualmente, perteneció al territorio de Aras de los Olmos hasta el 20 de Septiembre de 1757, pero después de un larguísimo pleito entre las poblaciones limítrofes de Alpuente, Aras de Alpuente, y Titaguas por desavenencias en el señalamiento del límite entre ellas, fue dictada sentencia definitiva por la Real Audiencia mejorando la anterior del Marqués de Risco de 6 de enero de 1731 en la que, se determinaba que procedía la segregación de la casa rural LA MAILESA en favor del municipio de Titaguas.

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Para mayor comprensión del amojonamiento entre Titaguas y Aras, acompaño en el apartado de fotos un plano cuya fuente es “simonderoxasclemente-Memoria de clemente en Aras” de Juan Vicente Botella, donde se puede apreciar como el linde del término municipal antiguo de Aras, anterior al 20 de Septiembre de 1757, se desplaza en el sentido de las agujas del reloj, es decir retrocede hacia Aras, dejando dentro de los nuevos límites de Titaguas la masía de las Mailesa, además de otras partidas como La Masada, y Fuente del Oro, La Cabrera. La Matrera, La Burguesa, Los Secanos, La Rebollosa y la fuente del Rebollo.
Para más información podéis consultar al final del texto en –Fuente Consultadas-.

A modo de pincelada histórica, y sin entrar en detalles de los amojonamientos de los términos municipales entre las tres poblaciones, deciros que Titaguas y Aras de Alpuente, hoy denominado Aras de los Olmos, fueron antiguas aldeas de Alpuente convirtiéndose posteriormente en poblaciones independientes mediante privilegios otorgados a los dos municipios.

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Para mayor esclarecimiento he consultado la Guía del Archivo Municipal de Aras de los Olmos. Documento que, nos indica que, el 11 de Mayo de 1728, el Consejo de Castilla expedía el privilegio de Villa Real al lugar de Aras de Alpuente. El Privilegio preveía que se le asignara un término municipal proporcional al vecindario, pero manteniendo la comunidad de pastos, cuyos actos de posesión comenzaron el 4 de junio de 1728.

Titaguas, como tal aldea de Alpuente también obtuvo Privilegio de Villa Real el 6 de Mayo de 1729, un año después que le fuera concedido a su pueblo vecino Aras de Alpuente, hoy denominado Aras de los Olmos.
Su término municipal se adecuó al número de habitantes de la población y así mismo se le informó que debía continuar con la mancomunidad de pastos con Alpuente, decisión ésta que no le salió gratis a Titaguas, ya que por este Privilegio Real, tuvo que pagar al Rey Felipe V, 24.706 reales de vellón.

Con este relato de acontecimientos históricos ocurridos en el siglo XVIII sobre la masía de la MAILESA que, conciernen directamente a Titaguas y Aras, ahora sí que ya podemos seguir con la historia de los HORNOS DE CAL.

Producto del empeño por la investigación del pasado de la Serranía, hemos localizado, la CALERA DE TITAGUAS, con signos evidentes de deterioro por falta de mantenimiento a pesar de ser una riqueza cultural digna de examinar su pasado etnológico y cultural.

Como introducción a este menester diré que la obtención de cal a través de los hornos tradicionales, es un procedimiento o técnica muy antiguos, cuyo punto de partida podría ser en la época Romana, aunque la cal es un material que se utilizaba en la PROTOHISTORIA, es decir, periodo de la vida entre la prehistoria y la historia conocida por medió de la comunicación hablada, pues de este periodo no existen documentos escritos que acrediten tal hecho.

LAS CALERAS, son hornos para calcinar la piedra caliza que, se ubicaban preferentemente en zonas donde había suficiente piedra caliza en sus alrededores, materia prima necesaria para obtener la cal, o lo que es lo mismo “oxido cálcico”. También era aconsejable construirlos en terrenos inclinados, cerca de un espacio llano, y cuando estaba localizado el lugar idóneo, los “calcineros” o “caleros” que así se llamaban los trabajadores expertos en estas lides, hacían un hoyo en la pendiente con la herramienta de la época que, no era otra que, el pico, la pala y otros utensilios con los que construían la “olla”, hueco que tenía un diámetro y una profundidad que dependía de la cantidad de cal que había que fabricar, pues los obreros tenían muy en cuenta el tiempo que iba a estar almacenado el producto terminado sin ser vendido, y la razón consistía en qué, el periodo de vida de la cal después de salir del horno no era duradero, motivo que limitaba sus dimensiones, pues el exceso de cal almacenada mucho tiempo por demasiada producción corría el riesgo de ser desechada por su mal estado.

LA CALERA DE TITAGUAS DEL CASTILLO DE LA CABRERA:

Los restos de este horno, no son muy diferentes en sus características a otros tantos repartidos por la Comunidad Valenciana y en otras latitudes de la geografía española, como por ejemplo los localizados en Mallorca en las zonas de Calviá, Ses, Salines, Felanitx, y otros lugares recayentes a la vertiente de la Sierra de Tramontan que, forman parte del paisaje tradicional.
Todos desempeñaron la misma actividad artesano-industrial, fabricar cal, e indirectamente cumplieron una función social, la de dar trabajo temporal a los obreros, pero el avance industrial y las nuevas tecnologías obligaron a abandonar este sistema legendario de fabricación.
Según manifiesta el autor Carles Rodrigo en su trabajo La Calera del Castillo de la Cabrera, al parecer este horno fue el último que se construyó en Titaguas.

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Las autoridades municipales de Titaguas intentan mantener y conservar esta construcción artesanal histórica dado el valor etnológico que representa para la cultura tradicional serrana. Tanto es así, que años atrás instalaron un directorio informativo cerca de la calera para mostrar a los visitantes la idiosincrasia del horno.
En el citado panel se explica con textos y dibujos el proceso de fabricación de la cal, pero actualmente este tablón se encuentran en mal estado de conservación debido a los desperfectos que han provocado las inclemencias del tiempo por no tener un techo que lo proteja, pues no debemos olvidar que el clima de Titaguas al igual que en Aras de los Olmos, es continental y la población está situada a 820 metros de altitud sobre el nivel del mar, lo que hace que las temperaturas sean extremas, tanto por el día como por la noche.

Al igual que en Mallorca, los obreros de la Serranía valenciana que se dedicaban a construir hornos de cal buscaban las laderas de un monte a ser posible, es decir, terrenos inclinados que les permitiera poder construirlos con facilidad. Era importante también que, la ubicación estuviera orientada hacia el Sur, y protegida de la orientación Norte.

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El lugar elegido para construir LA CALERA DE TITAGUAS fue el paraje de “La Mailesa”, lugar situado entre las poblaciones de Titaguas y Aras de los Olmos, y según indica el plano a escala 1:20.000 del Instituto Geográfico Nacional facilitado por el ayuntamiento de Titaguas., el horno está situado en la “Hoya del Castillo”, en la parte baja de los restos del Castillo de la Cabrera, cuyo acceso principal es a través de la carretera CV35, desde donde se inicia el camino que conduce al rio Turia, y a pocos metros de su inicio hay otro camino a la derecha debidamente señalizado que nos lleva al pie del horno. Para mejor localización se acompaña plano.

En este territorio de la Serranía, los hornos de cal se construyeron aprovechando la cantidad de piedra caliza existente en la zona, y porque, de igual modo, en los alrededores del horno se disponía de cuantiosa leña de los bosques donde convivían pinos, carrascas, y otros árboles, acompañados de matorrales y arbustos que formaban el sotobosque a los pies del arbolado que, sirvieron para alimentar el fuego del horno.
La piedra caliza era la materia prima necesaria para convertirla en “cal viva u óxido de calcio” (CaO) una vez cocida, y la leña, junto con las matas y arbustos se usaba como combustible para calcinar la piedra.

Ambas materias por estar cercanas a la calera simplificaban la fabricación de la cal, evitándose así el transporte del material desde otros lugares hasta el horno con mulos y carros.

Desde el siglo XVIII hasta mediados del XX, la cal tenía mucha importancia en la construcción tradicional en la Comunidad Valenciana por ser un ingrediente necesario en la composición de los morteros o argamasas, debido a que en ese periodo de tiempo todavía no se conocía el cemento.
Pero la cal no solo se gastaba en las construcciones y obras de la Serranía , sino que, tenía otras aplicaciones.

También se empleaba mezclada con agua para pintar, o “faldegar”, como llamaban los serranos a la acción de pintar las fachadas de las casas, bien en blanco, o con remates decorativos en ventanas, en puertas, y en elementos ornamentales en distintos colores, en el que destacaba casi siempre el tono azul. Sustancia que conseguían mezclando la cal con “azulete”, polvos que usaban las mujeres para dar color azulado a las prendas blancas.

Además de mantener limpias y aseadas las fachadas sobre todo en las fiestas patronales de los pueblos, la cal también ejercía una labor de protección del paramento, ya que lo impermeabilizaba con la película que se formaba por la acción que ejercía el carbonato de calcio.
A otros niveles distintos del tradicional, la cal también se utilizaba en agricultura para pintar los troncos de los árboles y sulfatar las plantas en evitación de plagas. De igual manera se usaba como desinfectante para que no se propagaran las enfermedades infecciosas, y en medicina formaba parte como ingrediente de algunos medicamentos y anestesias, siendo muy utilizada además en la industria del curtido, pues formando una solución con agua servía para ablandar el pelo de las pieles.

EL PROCEDIMIENTO PARA OBTENER LA CAL EN LA CALERA DE TITAGUAS:

La construcción y preparación del horno era una actividad dura, nada fácil y muy laboriosa. Para ejecutar la obra se necesitaban buenos especialistas, pero no era menos dura y dificultosa la cocción de la cal ya que, la calcinación de la roca caliza requería un proceso lento en el que intervenían varias personas además del maestro calero.

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El grupo de trabajadores lo formaban por un lado, los “caleros”, como así se hacían llamar aquellos operarios cualificados con suficiente experiencia y reconocimiento adquirido, aunque no dedicados exclusivamente a este oficio, pero sí necesitados de mejorar su situación económica con otras tareas, pues normalmente eran personas dedicadas a la agricultura que aprovechaban la época de menos actividad agrícola situada entre la segunda mitad del invierno, y la mayor parte de la primavera para desarrollar esta actividad. Sin embargo otros autores sobre publicaciones de los hornos de cal afirman que, “la cocción en el horno se realizaba entre abril y septiembre, los meses de menor humedad”. Para mayor información podéis consultar el enlace correspondiente en –Fuentes consultadas-.

Por otro lado hacían falta ayudantes para completar el ciclo de construcción del horno y cocción de la piedra caliza, siendo habitualmente escogida esta labor de peonaje entre las gentes del pueblo para trabajar a jornal, cuya retribución salarial se pagaba por el sistema del cambio, es decir, con capazos del preciado producto.

Como he mencionado anteriormente, el procedimiento era lento y siempre vigilando el horno para controlar su evolución.
Se necesitaba bastante tiempo para extraer la piedra, para transportarla a pie del horno, y ordenarla después.
Algo similar sucedía con la leña y los arbustos, había que cortarlos, transportarlos en forma de haces cargados a hombros de los ayudantes o con mulos, y después clasificarlos.

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En el lugar escogido para la construcción del “Horno o calera”- se excavó a mano con las herramientas de la época, un hoyo o pozo cilíndrico con un diámetro aproximado de 4,00 metros y una profundidad media de 2,50 metros al que denominaban “Olla”, y al suelo o parte más baja del horno se llamaba “fondo de olla”, el cual estaba formado por escalones o poyetes que servían de apoyo de la bóveda de cal y de delimitación de la cámara de fuego que estaba más honda.
La “olla” la rodearon con un muro de mampostería construido mediante la técnica de piedra seca sin labrar y sin formar hiladas, con una altura aproximada de 2,00 metros en su parte más alta, y con un espesor de 1,00 metro aproximadamente. Este muro servía para consolidar la estructura del horno, además de conservar el calor interior.
Para mantener las calorías, se procedía al rellenado de los huecos entre las piedras con tierra o barro que evitaba la fuga de la energía calorífica.
Esta pared gruesa se apoyaba en el suelo de la pendiente del terreno dejando un hueco abierto en la parte que daba acceso al camino que, era precisamente la “boca del horno”.

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Aunque no se aprecie en las fotografías, la boca de horno se construyó de la misma manera que una ventana, es decir, tenía adosadas a sus lados y techo piedras especiales resistentes al calor, que hacían las funciones de las jambas y el dintel propios de una ventana. Algo distinto a las caleras de otros lugares que, la boca del horno se formaba con un arco de medio punto, o terminada como la pendiente de un tejado a dos aguas.

A continuación, el maestro hornero y los especialistas, construían en el interior del horno la bóveda en seco, comenzando la colocación con piedra caliza de tamaño grande en primer lugar, disminuyendo su tamaño a medida que iban subiendo con la bóveda hasta llegar al nivel superior del muro exterior. Una tarea que requería de la persona con buenos conocimientos sobre bóvedas, y una gran destreza, además de poseer buenas condiciones físicas, debido a las dificultades constructivas que entrañaba la construcción.
El remate de la obra se llamaba “la coroneta”. Se construía con piedra común y servía para cubrir la bóveda terminada con piedra caliza, adoptando su forma cónica y dejando las piedras algo separadas entre sí para que, sirviera de respiradero de los humos de la combustión de la leña.

Terminada la colocación de la piedra en el horno, bien la calcárea en el interior, como la exterior del muro de cerramiento y “la coroneta”, se procedía al encendido del horno con los matorrales acopiados y con la leña recogida de los alrededores que, eran introducidos en la cámara de fuego.
Se empezaba con fuego lento hasta conseguir que las piedras calcáreas sudasen. A continuación se avivaba intensamente el fuego en el “fondo de la olla” hasta alcanzar temperaturas comprendidas entre los 900 y 1.200 grados centígrados necesarios para la cocción de la piedra caliza, magnitud ésta que, no se alcanzaba hasta pasados los tres días del encendido del horno, debiendo mantenerla durante todo el tiempo que duraba el proceso de cocción estimado por los especialistas entre diez y quince días.
Las ganancias que se obtenían eran muy bajas, ya que por cada 1.000 kg, de piedra caliza, se obtenía un 55% aproximadamente de “cal viva”, y para alimentar el fuego se necesitaban del orden de 2.000 kg de leña.

El mantenimiento constante de la temperatura ideal era muy importante y esencial para fabricar el producto correctamente, hecho que obligaría la observación permanente del fuego día y noche, ya que las oscilaciones térmicas podían restar calidad a la cal incluso podía dejar inservible la hornada.
También era imprescindible que, las condiciones climáticas fueran favorables, pues las inclemencias del tiempo adversas como la lluvia podrían complicar la elaboración del producto satisfactoriamente.
Así mismo, era necesario tener limpia de ceniza la cámara del fuego, y para eso un operario debería estar en actitud vigilante incesantemente para quitar el exceso de ceniza con una pala de mango largo cuando fuese necesario.

Finalizado el periodo establecido para la cocción de la cal que, se sabía cuándo el humo salía blancuzco, es decir, tirando a blanco sucio, el producto terminado se había convertido en “cal viva u óxido cálcico”.
Este material terminado que, posee un determinado poder cáustico y deshidratante, mezclado con agua reacciona hirviendo y se transforma en “hidróxido de calcio” o “cal hidratada”, o también llamada “cal muerta”, cuya fórmula química es Ca(OH)2, y una vez alcanzada la temperatura de 90ºC, y terminada la ebullición, se ha obtenido la “cal muerta”, cal útil para realizar obras de todo tipo después de su debido reposo.

Actualmente la obtención de “cal muerta” por este procedimiento está en desuso por haberse industrializado el método en beneficio de una fabricación más rápida con la que se consigue obtener cal hidratada más segura, y manejable para los usuarios.

Terminado todo el proceso de fabricación de la cal todavía se tenía que esperar otros diez o quince días a que las piedras se enfriasen, y transcurrido ese tiempo, se empezaba a extraer la “cal viva” desde “la coroneta”, es decir, de arriba hacia abajo hasta dejar el horno vacío. A partir de ese momento vendría la preparación y selección del producto terminado para ser vendido según las necesidades y encargos de los usuarios.

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Con la selección del producto y su posterior comercialización, doy por terminado este trabajo con la esperanza de haber podido explicar pormenorizadamente un oficio ancestral ya desaparecido y poco conocido por las nuevas generaciones.
También ha sido mi propósito hacer un trabajo completo en el que, he procurado compaginar la narración de la CALERA DEL CASTILLO DE LA CABRERA con la sucesión de acontecimientos habidos sobre la masía de la MAILESA, edificio cercano a la Calera y que, en definitiva ambos corresponden a la historia de dos pueblos vecinos, Titaguas y Aras de los Olmos.
FUENTES CONSULTADAS:
-Guía Archivo Municipal de Aras de los Olmos.
-La Calera del Castillo de la Cabrera de Carles Rodrigo
-Hornos de Mallorca
http://www.calvia.com/servlet/model.web.ShowDoc…
-Titaguas un enclave privilegiado en la comarca de los Serranos.
-Blanqueando Castellón. La Caliza y los Hornos de Cal
-Los oficios de la Sierra de Espadan: Los Hornos de Cal.
http://castellon-en-ruta-cultural.es/los-oficios-de-la-ser…/
-simonderoxasclemente-Memorioas de Clemente en Aras
http://simonderoxasclemente.blogspot.com.es/…/memoria-de-cl…

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BAJO LA UMBRÍA DEL ABANDONO

La casa vieja y los gatos. La casa vieja. Los gatos. Una rocha que sube despacio hasta las eras y que en mitad de la pendiente se da la mano con esa soledad que tiene el mismo tono grisenco del que está pintado el abandono de los pueblos.

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Esos lugares que acaban no apareciendo por ningún mapa. Los que terminan no siendo. Las ventanas de las cambras y un poco más arriba el trespol sobre el que se duermen los trastos que no se usan. Aquello que acaba entrando al santuario de la memoria por la puerta falsa del recuerdo. Ese silencio hecho de otros tantos silencios, de cientos, o esa nada que es el escondrijo de las últimas sombras. La quietud. El lado vacío de las palabras no pronunciadas o el de las despedidas. Las plazas desoladas del territorio. El semblante bastardo de los sitios desiertos. Como si los que se fueron se hubieran llevado consigo el sonido rítmico de los pasos. Como si ahora no hubiera otra cosa más que las paredes baldías de lo inhóspito. La penumbra de las despensas hambrientas. Los manchurrones del musgo que nadie limpia. Queda la ausencia. El erial de mil ausencias y el de la despoblación de las calles. Jaulones en los que se cobija apenas la arquitectura solitaria de las telarañas. El eco invisible del viaje para no volver. El hasta nunca de las historias lejanas. Escaleras que ascienden a ninguna parte porque las casas se caen bajo el peso abrumador de los otoños. Y porque la despoblación es un gusano que se les ha enroscado en las tripas de mala manera.

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Hay terrados por los que únicamente se pasea el sol y las gotas anchas de las tormentas. Tendederos de alambre oxidado que han olvidado el tacto de las pinzas y la forma exacta de las camisas. Antenas mancas que son de los tiempos de María Castaña y en cuyas varillas se detuvo la antigüedad sin color del UHF. También pájaros descarados que entran y salen por los cristales rotos. Hay eso. No hay otra cosa. Un amasijo de relojes parados y de alamedas sin caminantes, por los que cada tarde transitan solo los fantasmas prehistóricos de sus habitantes. Soledad. En el tablado en el que antes tocaban los músicos no ves sino un coro mudo de violines: esos que repiten cada madrugada la cantinela triste de la desaparición. Una melodía irremediable. La musiquilla estúpida del se acabó lo que se daba. Las gentes se fueron marchando y ahora no encuentras más que moscas buscando piel y sillas de enea observando las nubes con las patas boca arriba. La geometría de lo inerte.

Hace falta traer personas, más falta aún que plantar árboles. Revivir. Acabar con las voces calladas y con esas puertas cerradas a cal y canto. Llenar las calles de críos antes de que las ratas y los gatos se adueñen de las esquinas y de todas las revueltas de los callejones. No más tarde de que a esos pueblos se los coman por dentro las carcomas y las lluvias de octubre. Hay que hacerlo antes de que se los lleve por delante el olvido o el escamoteo de la historia.

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Demasiado silencio y demasiada tranquilidad. Una afonía que viene a ser como la extinción atrasada de los dinosaurios. La desaparición lenta de los sitios. El quién te ha visto y quién te ve de los lugares. Una sentencia a muerte que se viene cumpliendo desde décadas bajo el decorado melancólico de las partidas. Es necesario que los autobuses suban por las cuestas cargados con las maletas del regreso. Que el morro de los vehículos asome por esos repechos que ponen el acento a las tierras de interior. Que resucite el vocerío de los días de mercado y el soniquete de las fiestas de agosto. Escarbar en el tiempo de otros. Rescatar del olvido las aldeas que han quedado descolgadas del calendario de nuestros días. Salvarlas de la desolación oscura. Sembrar futuro donde se ha hecho fuerte la vejez. Emblanquinar las fachadas y llenarlas del vigor de la recuperación: con nuevos motivos y renovados usos, pero poniendo límites a esa resta criminal. Es tiempo de despertar del mal sueño y dar solución al problema. Tiempo de decir basta y hasta aquí hemos llegado.

AMADEO LABORDA
Autor de la novela “La memoria de tu nombre”.

Pedralba, a 16 de mayo de 2017

CICLISTAS, MOTORISTAS Y OTRAS HISTORIAS

Levamos unas semanas trágicas en nuestras carreteras. Son demasiados ciclistas los que han perdido la vida y eso me lleva a pensar en los riesgos e incompatibilidades de juntar coches, motos, bicicletas y demás, vehículos tan dispares, en una misma vía circulatoria.

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CV-339 dirección Alcublas-Lliria

La Serranía es una comarca muy propicia a las rutas cicloturistas y las excursiones en moto. Carreteras curvadas con relativo poco tráfico, paisajes que contemplar y pueblos con encanto donde hacer una parada para almorzar plácidamente son su principal reclamo. Una de las más transitadas es la CV-339 en su tramo desde Lliria a Alcublas.

La Fardeta, tal y como se conoce de manera popular a la calzada que rodeada de naranjos, almendros y alguna que otra olivera sale de Lliria y termina en la rotonda del pino es la que se lleva la palma en cuanto a tránsito. Los sábados y domingos por la mañana es todo un espectáculo: junto al tráfico habitual, en ella se dan cita los coches de las personas que pasan el fin de semana en Alcublas y pueblos cercanos, motoristas con ganas de oler a goma quemada y trazar curvas imposibles, abnegados ciclistas en búsqueda de coronar el puerto de Alcublas, tractores y otros vehículos agrícolas, personas mayores con motocicletas de poca cilindrada que salen a ojear sus campos, y vehículos de la guardia civil mimetizados y más que ocultos velando por nuestra seguridad. La “tormenta perfecta”.

Una de las características del ser humano es la sensatez, y esta cualidad se va desarrollando con el paso del tiempo. Pero las noticias que aparecen sobre seguridad vial vienen a contradecir esta premisa: la sensatez del conductor de coche es menor que la del ciclista y/o motorista. Me niego a pensar que esto sea así, pero lo fácil es decir que el grande se come al chico.

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Volviendo a la Fardeta, y analizando su trazado, vemos muchas peculiaridades. En primer lugar apreciamos que es una calzada sin arcén, con todo lo que esto conlleva. Las señalizaciones de límite de velocidad están en alguno de sus puntos desfasadas, pues se  contemplan desvíos e incorporaciones que ya no existen. El asfalto vivió mejores épocas y el mantenimiento tanto del mismo como el de sus inexistentes arcenes es nulo. Toda la vegetación que crece en sus márgenes impide la visibilidad completa del trazado,  aumentando así los riesgos. Eso sí, hay placas de carretera cicloturista.

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Con tantas irregularidades no cabe más que utilicemos el sentido común todos los usuarios de esa vía. Que nadie entienda que estas palabras sirven para descargar responsabilidades a los conductores irresponsables, pero deberían cuidarse detalles que hoy por hoy no se cuidan. Lo fácil es echar las culpas al otro y no poner medios para minimizar los riesgos.

¿Para cuando una mejora de la CV-339?

DESPOBLACIÓN, GENTRIFICACIÓN Y FUTURO EN LA SERRANÍA

Josep Montesinos

“Estamos concentrando nuestros esfuerzos y recursos hacia la construcción de ciudades para invertir en lugar de ciudades para vivir. La satisfacción humana se mide en dinero.”  Estas eran las palabras entresacadas de una entrevista a  David Harvey, catedrático de Antropología y Geografía de la City University of New York (CUNY). No tenemos grandes ciudades en nuestra comarca, pero sí la frase puede servir, en parte, para mostrar la situación actual de la Serranía.

1. Disponemos de variados paisajes caracteristicos. Foto Josep Montesinos

Disponemos de variados paisajes característicos. Foto J Montesinos

El abandono secular se estas tierras, la falta de servicios, problemas de movilidad y transporte, cierre de escuelas, despoblación… El modelo neoliberal en el que estamos, supone para estos espacios la etiqueta de ‘no competitivos’ y por ello abandonados a su suerte en esta carrera por el ‘beneficio’.  No obstante ¿puede ser apetecible en algún momento la inversión? ¿? hasta qué punto la inversión externa en la búsqueda de beneficio puede mejorar las condiciones de la comarca?

2. Ruina. abandono y despoblación. Foto JM

Ruina, abandono y despoblación. Foto JM

Una de las soluciones que se ha estado brindando es la inversión en turismo. El turismo es nuestra primera industria a nivel estatal y también puede ser un atractivo para nuestras tierras que gozan de un magnífico entorno medioambiental y patrimonial. Pero evidentemente el monocultivo turístico no es ni con mucho la panacea que lo solucione todo. Y en muchas ocasiones la insostenibilidad del modelo turístico hace que se esté analizando el fenómeno en muchas ocasiones desde una perspectiva negativa (véase lo que está sucediendo en Barcelona, Venecia, nuestras costas…), donde la masificación expulsa a los habitantes al aumentar los precios, destrucción del paisaje, iunsostenibilidad en definitiva del fenómeno. El turismo como monocultivo supone a corto plazo cambios sociales, patrimoniales, económicos en unas tierras orientadas solo para el disfrute de los turistas. Un parque temático carente de vida.

3. La Serranía conserva rincones recónditos de paz y belleza. Foto JM

La Serranía conserva rincones recónditos de paz y belleza. Foto JM

El concepto de gentrificación surge en Gran Bretaña en los años sesenta del siglo pasado, definido por Ruth Glass como: “el proceso por el cual la alta burguesía urbana (urban gentgry) ocupaba y transformaba barrios pertenecientes a la clase trabajadora”. En realidad se trata del poder de cualquier grupo con recursos superiores que consigue expulsar y ocupar espacios de comunidades locales de un determinado lugar. Nuestros pueblos cada vez menos habitados, las aldeas, las casas de campo abandonadas pueden resultar sumamente atractivas para la inversión extranjera y el asentamiento de personas de otras nacionalidades, con precios muy competitivos en comparación con el resto de Europa. Este fenómeno que se ha venido dando en zonas especialmente costeras, pero también de interior (Valle de Ayora, por ejemplo). ¿Es ese otro modelo a apuntar para nuestras tierras? Volvemos a lo indicado más arriba: parque temático, desaparición de la población autóctona, ruptura de la memoria histórica, de los usos y costumbres.

4. Un rico Patrimonio a investiga,restaurar ,conservar y disfrutar. Foto JM

Un rico patrimonio a investigar, conservar y disfrutar. Foto JM

En una reciente entrevista a Sergio del Molino, autor del libro: La España vacía. Viaje por un país que nuca fue, decía: “No hay solución para la despoblación, pero hay que dar respuesta a los que aún viven ahí”. No estamos de acuerdo en la primera parte de la aseveración, pero sí en la segunda. Hay solución a la despoblación, fundamentalmente con que sus habitantes tengan un trabajo que permita una vida digna en el aprovechamiento de nuestra propia realidad en primer lugar: agricultura, aprovechamiento del bosque, ganadería, industria agroalimentaria, industrias sostenibles… , en que exista una buena red de comunicación, en escuelas en nuestros pueblos (quitar la escuela a una localidad es el principio del fin, y que no digan que es un tema económico pues no quiero hablar de algunos aeropuertos, AVEs, autopistas…), asistencia sanitaria…

La segunda parte de la frase habla de ‘dar respuesta a los que aún viven ahí’. Es de ley y justicia, los habitantes de la Serranía pertenecen a una Comunidad Autónoma, a un Estado, a una Unión Europea, en idénticas condiciones que el resto de los habitantes de esos espacios. El primer Patrimonio de un entorno son sus habitantes. En este momento desde las Administraciones Públicas se está volviendo los ojos hacia estos espacios cada vez más despoblados. Es por ello que lo primero que hay que pensar y dar soluciones a los problemas de sus habitantes. Es al mismo tiempo evidente la falta de inversiones públicas, las primeras que deberían aumentar.

5. El primer Patrimonio son los serranos y las serranas (Foto Archivo Vicente Llatas)

El primer patrimonio son los serranos y las serranas. Foto Archivo Vicente Llatas

La Serranía no debe ser el vertedero de la zona urbana costera. Tampoco soy, en absoluto, partidario de convertir la Serranía en un espacio exclusivo para el disfrute de los ‘urbanitas’, donde el vacío poblacional está cada vez más extendido, donde la memoria histórica se pierde con la desaparición de la población local.

 

El presente y el futuro no depende solo de la Administración, también y especialmente las acciones locales y comarcales que deben ser el motor del futuro. Partir de las propias característica locales y comarcales, ver los aspectos positivos, el camino de un crecimiento sostenible, a la colaboración mediante acciones conjuntas. La articulación comarcal es necesaria para compartir, generar, posibilitar servicios, para funcionar como un espacio común y de relación.

La Serranía no debe ser solo un lugar para visitar, sino un espacio para vivir.

 

  • Josep Montesinos i Martínez es Professor Titular d’Història de l’Art, Fac. Geografia-Història de València.

SALVAR LA TRADICIÓN ORAL

Ezequiel Castellano – Coordinador del CELS

La cultura se ha convertido, desde el siglo pasado, como unidad de medida del bienestar de los pueblos. En tiempos de nuestros abuelos, quien tenía un libro de las andanzas de los carlistas, decían de el, que gozaba de mucha cultura. Si además se trataba de varios volúmenes y estaba encuadernado en cuero rojo con letras doradas, el grado de cultura rayaba los niveles óptimos. Eso pasaba cuando el nivel de cultura de una persona o de un pueblo, se medía por volúmenes poseídos, por cantidad de letra impresa existente.

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La Mojiganga de Titaguas

En la actualidad, la unidad de cultura por metro cuadrado  no solo sirve para calibrar la inversión realizada en objetos de lectura, representaciones plásticas, esculturas… afortunadamente, este concepto ha padecido una buena mutación y, se entiende por cultura, alguna cosa más que el peso en libros o la ocupación de paredes en obra pictórica.

Una persona es culta, cuando la capacidad de diálogo ultrapasa el que suele ser común dentro del decorado geográfico que le circunda. Se dice de un pueblo que tiene cultura, a aquel que no maltrata a los animales, procura el bienestar de las personas y atiende las necesidades de desarrollo que le resultan favorables.

La cultura es, sin duda, un elemento dinamizador de libertad; un elemento fundamental para conseguir el bienestar social deseado. Así pues, para establecer los criterios que han de regir una política cultural para el siglo XXI, se ha de partir del hecho que la cultura és algo que se genera en la vida diaria de la ciudadanía.

Si la cultura es un bien por sí mismo, la cultura popular procedente de la transmisión oral, supera con creces esta valoración y aporta un rendimiento superior al que suponen muchos libros de texto que invaden la vida y nutren la preocupación de nuestros más jóvenes.

Nadie lo ha manifestado todavía, pero me atrevo a proclamar a los cuatro vientos, que la tradición oral ha aportado y aporta más bagaje cultural  de nuestra comarca, que una buena pila de libros en los que tan sólo se habla de geografías alienas, costumbres foranas o hablas extrañas. Una buena historia recorre, en poco tiempo, siglos de tradiciones serranas.

Que nadie piense que me sitúo del lado de la ignorancia; ni  mucho menos. Los libros ayudan a construir nuestro yo interior y a proyectarnos hacia mundos, situaciones y realidades ignotas, pero la tradición oral tiene un componente muy importante: la cercanía y el calor de las palabras. Debemos salvar esta costumbre.