TERRITORIO Y MEMORIA

Mira la zorra: olisquea el calor. Levanta las orejas y luego escarba la arcilla cuarteada. Lleva horas hurgando en las toperas, con el ansia enroscada al desficio de sus tripas. Husmea en la broza y resolla desprovista de paciencia. Sube monte arriba y entonces el conejo huye loma abajo. Se amedrenta el animal y busca cobijo en los trasquilones del paisaje, donde sentirse a salvo de las pupilas agrestes de quien lo busca. El trajín de la zorra. La escasez de la zorra. Los tejemanejes del hambre. La mordedura del deseo cuando ni a la de tres se cumple.

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El recelo no sabe de escondrijos. Ese temor asoma sigiloso y la cautela va y se aúpa a la respiración acobardada del conejo cuando ésta anda agazapada sobre las sombras melsudas del barranco. La línea desmochada de piteras que marcan las coordenadas exactas del miedo. Los rodales que no son de nadie y pertenecen solo a las aliagas. Las contornadas en las que el musgo seco le pone caras a los ribazos pero se olvida luego de pintarles gestos. Hay un trozo de supervivencia extinguida debajo de cada piedra, en ese vacío estéril en el que las arañas esperan que la noche baje despacio desde los cinglos.

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Esta es una tierra de celtíberos, de bancales habitados por culebras antiguas: las de un cretácico más lejano que la infancia. Un laberinto de trochas caminadas por fantasmas de maquis con los ojos claros que se abrazaron una madrugada al monte. El sabor negruzco de las garrofas es el sabor de lo vivido. El regusto dulce de lo que alguna vez vieron aquellas gentes: lo que otros fueron antes o lo que nunca llegaron a ser. Éste es un horizonte de pasiones de secano, de amores con poca agua, de tormentas desperdigadas en veranos que no acaban nunca o sobre septiembres que no terminan de llegar. Un mapa escrito de desfiladeros hondos y de ramblas con mal despertar. De canteras que esconden en la profundidad de su vientre el sueño polvoriento de los dinosaurios: aquel que un zarpazo del tiempo dio por imposible y convirtió en un montón de huesos hechos de silicato cálcico.

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En ese atlas hay una senda que no conduce a ningún lugar. Cruza por mitad de lo poco que recuerdo, luego tuerce a la derecha y tras ese recodo el camino se pierde. Desaparece en una parcela en la que solamente crecen las rabanizas y unas flores con el sin color de la amnesia. Tal vez la memoria  también es un extenso territorio de interior. La evocación agolpada a trompicones tierras adentro, como un descampado que se extiende desde el hipotálamo hasta las solanas del pueblo, para acabar más allá de la frontera que delimita aquellas tardes de agosto. Por allí deben andar los recuerdos que se helaron sobre los ventisqueros del olvido o aquellos otros que murieron ahogados en el jarabe de feromonas que empalaga el estómago de plástico de unas botellas que cuelgan de los olivos. Los restos se disolvieron lentamente, como lo hacen las bolitas blanquinosas del quince quince cuando los goteros dan de beber a esos pulgones que trepan las piernas de los naranjos.

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Ahora la zorra anda como alma en pena sobre lo cojitranco de su cuerpo y lo desgreñado de su cola. Camina el llano por encima de la sequedad que muestran los charcos los días en que el poniente les da forma de huella. Se mueve con la ingravidez de ser apenas pelambre, como si sus ojos resultasen el único peso de la flaqueza.

 

Existen fotografías que aparecen solo por el álbum vaporoso de los momentos. Un lenguaje de lumbres tranquilas y de sardinas de bota. Una estética de bicicletas viejas y de palabras disecadas que se han hecho pequeñas de tanto guardarlas. La memoria comienza ahí o no muy lejos: donde acaba una calle larga y no hay más que corrales con los tejados de uralita. Las casas son almas retratadas: un eco sordo de voces calladas y de silencios no pronunciados. De una quietud que se apellida chito. En ocasiones esas voces salen a dar una vuelta y se sientan en las esquinas, junto al azufre lavado por las meadas de los perros. La vida entra y sale por las gateras que atraviesan las puertas grandes. Se encoge y a ratos se arrastra para pasar por ese agujero perforado por el centro de las ideas. Las ausencias se han quedado a vivir en las pajareras vacías que decoran las paredes del no regreso. Queda el murmullo enjaulado. No queda otra cosa. La sombra húmeda de las bodegas y esa caterva de balcones que se quedaron sin miradas desde la otra parte del cristal, porque aquellos ojos de la curiosidad se los llevó un tren a Francia o se marcharon con el último autobús de los domingos. El lado vacío de las cosas. Un material frágil arrapado por los años. La fantasía de una niñez engatusada sobre el embuste de los cuentos y los bocadillos de pan, aceite y sal. Alguna vez el otoño no fue más que un aguarrujo en mitad del pensamiento. Como la sangre oscura del matapuerco. Más bien negra. Por dentro de mi cabeza es negra. Igual que aquellas tachas que cosían la mosquitera al marco de una ventana que daba al cerro. Claro que es negra. Como si alguien hubiera apagado todas las luces y esa sangre se hubiera convertido en un grumo de tierra al que acuden las moscas. La quietud: otra vez esa.

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Si lloverá mañana solo lo saben los dioses y los pájaros, porque quedan pocos esperando esa lluvia. Han salido todos corriendo como aquellos ratolines que llenaban el duodeno blando de un muñeco hecho de trapos durante las fiestas: cuando los críos lo molían con una somanta de palos los ratones escapaban por los descosidos de la tela y se apresuraban en todas las direcciones.

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No me preguntes en qué cavila la zorra cuando no come, porque no sabría darte solo una respuesta.

 

    La Serranía, cuatro de abril de dos mil diecisiete

                            Amadeo Laborda

      Autor de La memoria de tu nombre.

            Edicions Lletra Impresa.

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