UNA DE RODEROS EN LA SERRANÍA

LOS TOMASOS

El bandolerismo es un fenómeno social que se enraiza y se desarrolla en las sociedades rurales y en los momentos de debilidad del poder. Es hijo del campo y de regímenes políticos que difícilmente se hacen respetar. Su origen se pierde en la noche de los tiempos.
Hablamos de bandolerismo con un vecino de Alcublas, y al respecto del tema, nos contó…
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Había una cuadrilla de roderos que eran cuatro compañeros, que les llamaban los Tomasos. Eran todos de esta zona, uno era de Pedralba, el otro de… Cuando se enteraban que uno vendía las botas de vino, allá iban ellos a sacarle la panoja… eran los amos y señores. En aquella época no había guardia civil, los guardias eran unos llamados los miñones, así les decían a la guardería de aquella época, no sé si será verdad…
Hace mucho tiempo uno de aquí contaba:
Se presentaron un día, llegaron aquí esos cuatro pues un pariente de él vendió el vino y lo dejaron sin una perrica ni media. Este hombre se pasó algo de palabras y, claro, enseguida lo barruntaron y le buscaron la vuelta, pues sabían que frecuentaba por aquí.
Un día de los que estaba trabajando por aquí cerca le llegaron una noche. En eso que llega el hombre con el animal, lo mete, se pone a hacer la cena… y a la que está ya a punto de echar el arroz se presentan los cuatro fariseos, los cuatro Tomasos.
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– ¡Qué! Buenas noches. (Dicen los Tomasos)
– Buenas noches.
– ¿Qué está, preparando la cena?
– Si, pero… ¿qué queréis cenar aquí?
– No… con esa que tienes ahí ya tenemos bastante. Además, no hacemos cuenta de que comas tú.
Y uno le dice:
– Va, quítate la chaqueta.
– ¿La chaqueta pa qué?
Nada. El uno la chaqueta, el otro el pantalón, lo dejaron como su madre lo parió en el mundo.
Una vez lo tienen desnudo, le dicen que se tumbe y uno de los tomasos llega y le pone la paella en todos los riñones, y se ponen a comer. Claro, ellos confiados porque tenían las armas allí y, además, cuatro para uno… dime tú lo que tenía que hacer el tío, ni moverse. Pero mecagüen, le clava la paella recién sacada del fuego y se la clavan en los riñones; de momento sí que aguantó un poco, pero al segundo pega así y le tiró la sarten a dos. Como estaba la puerta abierta, se salió como su madre lo trajo al mundo corriendo a Alcublas.
En vez de ir a su casa, le tocó a un amigo y le dijo:
– Soy yo. Sácame ropa que no quiero que me vea mi mujer cómo vengo.
– ¡Chico! ¿Qué te ha pasado?
– Me han hecho esto y esto… pero me las pagarán.
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Aquellos como no pudieron hacerse con lo que querían, en mucho tiempo no se les vio por el pueblo. Tardaron mucho tiempo en aparecer, pero él pensó: – Como los localice alguna vez…
Y claro, al pasar tiempos y tiempos, dio la coincidencia de que estaban jugando a la pelota en el callejón del Olmo, el callejón ese que se mete en la era, ande vivía la tía María la Verdesa. Y allí en el callejoncico estaba uno de ellos. Otro de ellos, mientras jugaban a pelota dos a dos, estaba sentado mirando la partida. Llevaban pistola, un revolver de aquellos y claro, llevaba dos tiros.
Y sale por la esquina y aquel dice:
– ¡Qué! Ahora me pones la paella…
Y sin perder un minuto le pega un tiro a bocajarro en la tripa. El otro lo ve de cara y no le dio tiempo para nada; se cayó al suelo y le aplica el otro tiro que le quedaba en la pistola. Se cargó a los dos en el acto allí mismo. Quedaba uno, pues no iban los cuatro.

Si algún día preguntáis, en la Cruz, en la plaza de la Cruz había –yo no lo llegué a conocer- una cruz de piedra en medio de la plaza, con unos asientos todos de piedra. Por eso se llamaba la Plaza de la Cruz.
Pues le entró el que quedaba y rodando y rodando a la cruz, como llevaba un cuchillo, se piensa lo que se piensa y rodó al revés. Entonces le aplicó el cuchillo… y con eso ya se cargó a los tres.

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Después de todo esto lo detuvieron por los tres asesinatos. Al cogerlo preso dijo:
– Si me encuentro al que falta, aquel me lo comería a pedazos.
Hablaron de todo lo que había pasado, del incidente de la paella, de los robos… y lo soltaron.

Esta es la historia de uno que le llamaban Gabarda, un tal Gabarda, y los inicios de toda la historia pasaron en las Bodegas de las Veinticuatro.
Y con ello termina nuestro amigo el relato. Comentándolo con posterioridad, varias personas afirmaron también conocerlo.
El bandolerismo fue un fenómeno social de capital importancia para toda nuestra comarca. Un fenómeno teñido de contradicciones que arranca ya en los s. XVI y XVII y que se situó a mitad de camino entre la rebeldía y la marginalidad. Numerosos artículos salpican la prensa del momento.
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LOS FUEROS DE ARAGÓN Y LOS FUEROS DE VALENCIA

Después de la conquista, en el reino de Valencia coexistieron dos cuerpos legales, los Fueros de Aragón y los Fueros de Valencia. Ambos cuerpos legales formaban parte de la labor legislativa del rey conquistador.

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Los Fueros de Aragón consistieron en una colección de fueros locales aragoneses que fueron compilados por Vidal de Canellas, obispo de Huesca, a instancias de Jaime I. La obra jurídica llevada a cabo por Vidal de Canellas y sus colaboradores fue ardua y difícil ante la inexistencia de una previa colección fiable, por lo que se vieron obligados a sistematizar, es decir, a agrupar los diversos fueros en varios libros.

La “compilatio mayor” o “In excelsis Dei Therauris”, dirigida a los abogados, no debía tener vigencia oficial y estaba formada por nueve libros. En cambio, la colección conocida como Código de Huesca, compuesta por ocho libros, que se apoyó en la foralidad militar al haberse impuesto a la foralidad burguesa, sí tenía carácter oficial.

Fueron jurados y promulgados por Jaime I el día 6 de enero de 1247 en Huesca, donde había convocado la celebración de Cortes Generales del Reino de Aragón, por lo que asistieron a las mismas los principales ricos-hombres, caballeros, infanzones, prohombres, dignidades eclesiásticas y representantes de los concejos municipales.

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VIDAL DE CANELLAS

Una vez promulgados, para que causaran efecto en la actividad privada y en la administración de justicia, el rey encargó a todos los bailes, justicias, zalmedinas, jurados, alcaldes, junteros, sobrejunteros y a todos sus súbditos, que observasen y utilizasen los Fueros de Aragón en todos sus pleitos, declarando el sentido común y la equidad como normas supletorias para poder regular todas las circunstancias que no estuviesen contempladas en los mismos.

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Por su parte, los Fueros de Valencia contenían la legislación territorial vigente en el reino de Valencia que perduró durante más de cuatro siglos hasta que fueron derogados por Felipe V de Borbón en 1714 mediante los denominados Decretos de Nueva Planta.

Después de la conquista de la ciudad de Valencia, según López Elum, durante octubre de 1238 o, como máximo, antes de finalizar el año, Jaime I promulgó y concedió un cuerpo legal que se denominó la “Costum”, puro Derecho local según Mariano Peset, que contenía una serie de normas que regulaban la vida en común y la ordenación de la ciudad, adoptando normas de los fueros aragoneses y de las “costums” catalanas, permitiendo que los señores aragoneses y catalanes aplicasen en sus señoríos los diversos fueros locales aragoneses o los Usatges de sus lugares de origen.

Poco a poco, la “Costum” fue modificándose mediante la concesión de ciertos privilegios y la incorporación de nuevas disposiciones, así como también el criterio del monarca, que decidió que las normas que inicialmente había concedido tan sólo para la ciudad de Valencia ampliaran su campo de aplicación territorial, por lo que el 9 de mayo de 1245 concedió la “costum” a Denia y el 29 de julio de 1248 a Sagunto.

Según López Elum, en 1250 tuvo lugar en Morella una reforma de la “Costum” que supuso el inicio de profundas innovaciones que permitieron su conversión de norma meramente local a territorial para todo el reino, lo que daría lugar a los Fueros de Valencia.

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El 7 de abril de 1261, en Valencia, Jaime I de Aragón juró ante las Cortes valencianas los Fueros de Valencia, y el 11 del mismo mes promulgó un privilegio por el que se impuso a todos sus sucesores la obligación de jurar los Fueros de Valencia antes de que finalizase el primer mes de sus reinados. La supeditación del monarca a los Fueros supuso la constitución del reino de Valencia como estado soberano.

La dualidad legislativa territorial en el reino de Valencia estuvo motivada por el descontento de los ricos-hombres aragoneses, que desde el primer momento de la conquista entendieron que las nuevas tierras conquistadas a los musulmanes debían quedar sujetas al reino de Aragón, como Mallorca había quedado sujeta a Cataluña al ser su conquista propiamente catalana. Entre los ricos-hombres que no quisieron consentir que se aplicase la “Costum” como fuente jurídica para todo el reino de Valencia se encontraban el noble Pedro Fernández de Azagra y su hijo Álvarez Pérez de Azagra, señores que fueron del señorío de Chelva y del Estado independiente de Albarracín, ascendientes de Elfa Álvarez de Azagra, baronesa de Jérica por su matrimonio con Jaime I de Jérica. Ellos y sus descendientes de la casa de Jérica siempre se consideraron aragoneses, por lo que las tierras de sus estados, el señorío de Chelva y la baronía de Jérica, en la que encuadramos Las Alcublas, debían regirse por los Fueros de Aragón.

En 1329, Alfonso IV de Aragón, que se había decantado por la unidad legislativa, pretendía imponer los Fueros de Valencia sobre los de Aragón, acordó en Cortes “que en todos los lugares de su propiedad en el reino de Valencia en los que se aplicaban los Fueros de Aragón, y en aquellos donde los señores de los mismos lo consentían, se aplicase a partir de entonces los Fueros de Valencia, concediendo la denominada “jurisdicción alfonsina” a aquellos nobles que, renunciando a la aplicación de los Fueros de Aragón en sus señoríos, adoptasen los Fueros de Valencia”.

Una de las medidas adoptadas para fomentar la aplicación de los Fueros de Valencia consistió en instar a toda persona que ejerciese un cargo oficial en el reino y tuviese en el mismo algún señorío, villa o alquería, a que aplicase en sus tierras los Fueros de Valencia, siendo compelidos a renunciar a sus cargos o serían destituidos si no lo hacían efectivo.

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¿Qué sucedió en Chelva y en Jérica-Las Alcublas?

Las anteriores disposiciones afectaban a las tierras de Chelva y Jérica-Las Alcublas, pues en ambas se aplicaba el Fuero de Aragón al ser los Jéricas nobles aragoneses. Pero el rey no olvidó los lazos de parentesco con ellos, por lo que, alegando los mismos y en honor a su casa, recomendó a Jaime III de Jérica que renunciase al cargo de lugarteniente de gobernador en el reino de Valencia, que en 1329 ocupaba, antes que se viera obligado a destituirlo al estar cometiendo un contrafuero. A pesar de la recomendación, Jaime III de Jérica se mantendría en el cargo hasta finales de 1332 y en sus estados de Chelva y Jérica, en el que se encontraban las tierras de Las Alcublas, se siguió aplicando los Fueros de Aragón al ser descendientes de la Casa real de Aragón.

Al estar sus vasallos sometidos a los Fueros de Aragón, regularon sus relaciones privadas conforme a sus disposiciones, y el Justicia de sus villas, figura jurídica típicamente aragonesa, máxima autoridad judicial, aplicó sus normas en la administración de Justicia.

Después de la desaparición de la casa de Jérica en 1369, fecha de la muerte del último Jérica varón, fue decayendo poco a poco la aplicación de los Fueros de Aragón en sus tierras, si embargo, en el estado de Chelva, al ser adquirido por el noble aragonés Pedro Ladrón de Vilanova, I vizconde de Chelva desde 1390, su aplicación sobrevivió durante bastantes años del siglo XV.

El compartir señores, los Jérica, leyes, los Fueros de Aragón, obispado, Segorbe, costumbres y el “habla”, ha motivado que durante todo el año de 2009 los ayuntamientos de Chelva y Jérica hayan acordado el hermanamiento de ambas villas. Los lazos entre ambas quedan demostradas, también lo están con Las Alcublas, tierras también hermanas muy queridas en la capital del Vizcondado.

Vicente Vallet Puerta,
fue Cronista Oficial del Vizcondado de Chelva.
Académico correspondiente de la Academia de Genealogía y Heráldica de Valencia.

PREOCUPANTE ESTADO DEL PINO DEL SOMBRERO

Nuestro amigo y gran fotógrafo Miguel Ibáñez nos ha alertado del preocupante estado del Pino del Sombrero de La Yesa, aquejado de una plaga o enfermedad.

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Pino del Sombrero. Foto Miguel Ibáñez

El pino del sombrero se encuentra junto a la carretera que conduce de Higueruelas a la Yesa, muy cerca de ésta última.
Este ejemplar extraordinario, debe su forma achaparrada e inusual a su situación expuesta en la altiplanicie montañosa, siendo castigado por los fuertes vientos que azotan el lugar, especialmente gélidos en invierno. A esto se suma que las nieves del invierno hallan producido con su peso esta copa tan baja y achatada que toca el suelo.
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Foto Miguel Ibáñez

Declarado árbol monumental, se trata de un pino negral perteneciente a la especie “nigra Arnol”, y más comunmente llamado pino laricio. Su crecimiento es uno de los más lentos dentro de la familia de los pinos y puede llegar a vivir más de seiscientos años.
El pino del sombrero, tiene seis metros y veinte centímetros de altura, un perímetro de tronco de dos metros y cuarenta centímetros, y un diámetro de copa de quince a treinta metros.
Se le estima una edad aproximada de cien años.
(Sabinasyrayosblogspot)
Habrá que ponerse manos a la obra ya!!

MEMORIA ORAL SERRANA: RUN RUN, LA PAVA

Tiempo atrás nos reunimos con varios ancianos de Alcublas. Hablaron durante horas de sus recuerdos; recuerdos que iban una y otra vez al mismo lugar: la infancia, la guerra, el hambre, las bombas, la muerte y las ganas de vivir. Cada uno relataba los hechos como si se tratara de momentos distintos pero hablaban de lo mismo.
Se sorprendían de que el otro recordaba y se asombraban de lo que el otro relataba con tanta nitidez porque no recordaba haber estado allí, aunque los otros afirmaran lo contrario.
Sus sinapsis eran diferentes, por eso diferían sus relatos al extraerlos de la despensa de su memoria. Todos tenían la certidumbre de que aquellos años de niñez y adolescencia eran el tesoro sobre el que habían construído su existencia, sus errores, sus ambiciones, sus fracasos y sus éxitos.

 

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Lo recuerdo como si fuera ayer. Aquel avión que se estrelló en el collao Herrero y la rocha Juliana. Subiendo de la Pedrosa, y en vez de venir por el camino que se viene ahora, pues por abajo.
Yo ví cómo se quedó clavada la ametralladora. Pegó al caer, en el camino, porque el avión cayó de golpe. El aviador estaba dentro muerto, iba dentro muerto. Le pegó La Pava, lo ví yo. Yo estaba en el collao Herrero y le pegaron un tiro en el aire. Fue como un chispazo, yo no ví más que un chispazo y el avión cayó desplomado abajo.


                            Lugar donde cayó el avión republicano cerca de Alcublas

Habían tres cazas atacando a La Pava, las balas pegaban por ahí y ahí. Hacían un ruido del demonio. Le entraron los cazas a La Pava y de repente pafff, uno de los aviones se pegó fuego y en el aire y cayó en esas risclas. Se pegó fuego todo hasta el alto. Se quedó clavado un trozo de la ametralladora en el suelo, y estuvo allí tiempos y tiempos.

Del aviador no se conocía na, yo lo único que ví, ésto (refieriéndose a una pierna), ésto (la cadera), por hay, y la parte de atrás, el espinazo. Habían restos por todos lados, no quedó ni garra. Era de los rojos.

Iba La Pava aquella, cuando iba La Pava aquella, iba…Le decíamos La Pava porque iba run run run… muy despacio, andaba menos que un sapo. Siempre iba por ahí, a vigilar. Aquí cuando vino el bombardeo, aquí en el pueblo, pues, el día de antes estaban haciendo la instrucción ahí en Despeñaperros, enseguida pasó La Pava y les grabó la partida. 

Al día siguiente vinieron a bombardear. Pero La Pava hizo todo el reconocimiento y les dio el croquis donde estaban situados. Por eso les tiraron las bombas tan pronto…

Creemos que estos hechos ocurrieron el 22 de Febrero de 1938.

Nuestro amigo se quedó en silencio. Parecía que no quería seguir recordando… Y en eso que cambió de tema.

Me acuerdo cuando al campo de aviación nos acercábamos de chiquillos, cuando oíamos que iban a aterrizar. Yo tenía 9 años y… ¡mecagüen!, cosa de chiquillos:
– ¡Que vienen las moscas a aterrizar!
Y subíamos corriendo al campo de aviación, ¡mecagüen!, tos pallá. Ibamos carretera arriba y antes de llegar a la Balsilla, nos sale un militar y nos dice:
– ¿Ande vais vosotros?
– ¡Dónde hemos de ir! A ver los aviones.
– ¡Mecagüen! Huyyy. Iros pa bajo, que si explota uno no quedáis ni garra. ¡Aquí morís todos!
A nosotros que nos dijo que nos íbamos a morir todos… cogimos esa carretera pa bajo y bajamos… (se ríe).
Nos atemorizaron aquel día, que íbamos todo ilusionados a ver los aviones…Y cosa de chiquillos…


En Alcublas, además, se instaló un puesto de mando del ejército republicano en la retaguardia en una de las viviendas de la actual Plaza José Mª Castillo que, según cuentan los más mayores, también tenía un túnel subterráneo.

Los Heinkel He 46 (como el de la foto superior) reciben por parte de los nacionales el apodo de “Pava”, pero lo cierto es que en 1938 se consideraba a estos aparatos como poco adecuados para misiones de primera línea. Por entonces todos los He 46 habían sido destinados a la Escuela de Tripulantes de Málaga, por lo que difícilmente podrían haber participado en las acciones sobre Alcublas. En las poblaciones del litoral valenciano (y supongo que también en Cataluña) se conocía popularmente como “la Pava” a cualquier aparato que bombardease la zona (los objetivos más frecuentes eran instalaciones portuarias).

A los testigos directos del bombardeo y a viejos de Alcublas, por ejemplo, también les oigo citar a “la pava” al referirse a un avión pesado de bombardeo. Casi siempre coinciden en que eran lentos, por lo que supongo que eso descartaría sobrevuelos de SM79 ó SB2 y seguramente se referiría a los Ju-52, SM81, hidros y similares, con velocidades inferiores.

Varias personas con las que hemos hablado aseguraron haber crecido escuchando las historias que les contaban sus mayores sobre el conflicto bélico. “Ellas siempre me decían que antes de que cayesen las bombas pasaba un avión que alertaba de la llegada de los bombarderos. De hecho, las dos recuerdan perfectamente que la gente gritaba ‘¡que llega La Pava!’ -así se conocía popularmente al avión Heinkel-46 alemán- y no tardaban mucho en meterse en el refugio”, explicó.

Era un momento de mucho trasiego: El tráfico por la carretera de Ademuz y de Alcublas era incesante. Los camiones rusos transportaban piezas de artillería e incluso, por su escasa envergadura, los aviones “Moscas”.

En resumen, La Pava era un avion de observacion, enlace y bombardeo ligero, aunque creo que los republicanos llamaban “Pavas” a todo avion que volaba lento.

RECUERDOS SERRANOS: IR A LAVAR A LA BALSA

Cuando salimos por las tardes a pasear en el pueblo, casi siempre nuestro paseo se inicia hacia La Cava, para seguir por la carretera estrecha. Al pasar por las balsas, muchas veces, sobre todo en verano, recuerdo cuando era pequeña y no había escuela. Habitualmente acompañaba a mi madre y a mi abuela a lavar a la balsa.

La cosa empezaba en casa cuando, una vez recogida la ropa sucia, se colocaba en la “cerrá” y en un pozal más pequeño los trozos de jabón necesarios. Mientras mi madre llevaba la cerrá con la ropa apoyada en la cadera, yo caminaba a su lado jugueteando con el pozal de los jabones. Así nos dirigíamos por el camino de La Cava a la balsa y una vez allí, comenzaba lo más divertido para mi. Al llegar, si estaba muy concurrida la balsa de lavar, siempre había alguien que se apretujaba con la de al lado para hacerte un hueco. Yo me colocaba al lado de mi madre y ella me daba una pieza de ropa pequeña y un trozo de jabón para que la lavara. Olvidaba que antes tenía que ponerme el delantal para no mojarme mucho (misión imposible). La cosa no resultaba difícil y sí divertida, había que mojar, enjabonar y restregar la prenda con ganas. Lo más complicado era mantener el jabón escurridizo al lado, encima de otra prenda de ropa, sin que cayera dentro del agua. Recuerdo que estos eran los momentos críticos, sobre todo si el trozo que se me había escapado dentro era de los grandes. Entonces con mucha maña y pinchando con un palo o caña, mi madre intentaba rescatarlo. Para mí era un juego pero, cuando ya me cansaba de restregar o me había mojado demasiado, siempre había alguna chiquilla más para jugar por los alrededores mientras mi madre acababa. Las mujeres seguían su tarea, enjabonando y restregando con ahínco en la balsa de lavar, poniendo al sol en las piedras de alrededor las prendas con manchas difíciles previamente enjabonadas y por último enjuagando todo lo lavado en la balsa de enjuagar, cuya agua estaba siempre completamente limpia. En esta proceso se nos pasaba la mañana y cuando mi madre acababa empezaba el regreso a casa, pero esta vez con la cerrá con la ropa mojada, que pesaba lo suyo, cogiendo cada una de un asa, aunque más bien por mi corta edad yo resultaba ser un lastre más que una ayuda . El camino de vuelta se hacía pesado por el calor de esas horas, el asa se me clavaba en la mano y teníamos que parar a la sombra de las moreras a descansar, pero entonces nos atacaban las moscas que acudían al manjar de las dulces moras caídas al suelo. Toda una odisea, y todavía quedaba tender, recoger,..etc.
Cuando pienso en estas cosas entiendo lo difícil que era la vida de las mujeres es esa época (mis recuerdos se centran en la década de los 60 y 70) y en las anteriores más todavía y comprendo los comentarios que a veces oigo de mi madre: “ Pero chica, esa camiseta que se la ha puesto el chiquillo un rato ya la echas pa lavar. Si tuvieras que ir a la balsa no lavarías tanto”.

¡Cuanta razón tiene!.

CARORUA.

HISTORIAS SERRANAS: EL COLCHÓN DE LANA

Últimamente me ha llamado la atención la cantidad de publicidad que nos bombardea con las bondades de los colchones de distintos materiales de última generación, latex, viscolatex natura, y que según nos cuentan son termosensibles, se adaptan a nuestro cuerpo y son casi imprescindibles para que nuestro descanso sea ideal y para evitar los problemas de espalda.

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No pongo en duda tales afirmaciones y de hecho no duermo en un colchón de lana, pero eso no me impide a veces, sobre todo en invierno en el pueblo, añorar mi cama con el colchón de lana bien mullido y caliente en el que te “hundías” pero en el que te inundaba una agradable sensación de bienestar.
El colchón de lana se hacía en casa
. Era típico comprar la tela del colchón bien bonita para casarse. La de mis padres la recuerdo granate con dibujos de pavos reales y de pagodas orientales. La del resto de camas era la típica tela dura y resistente color crudo con rayas rojas. Se rellenaba con lana comprada a algún pastor y que previamente había que lavar y acondicionar y por ultimo a través de unos agujeros hechos en la tela se pasaban unas betas blancas que se ataban con fuerza y que servían para que la lana se distribuyera uniformemente. Esta operación de lavar y acondicionar la lana ,sin olvidarnos de desmotarla, se repetía regularmente, todos los veranos para mantener el colchón en condiciones. Me cuenta mi madre que era corriente que cuando se preparaba la lana para el colchón para casarse, acudían a la balsa las amigas y familiares para ayudar a lavarla . Se hacía dentro de cestas y se tenía que lavar el día que el alguacil cambiaba el agua, antes de que vaciara la balsa, ya que después de lavar la lana el agua quedaba bastante sucia.
Aquello el colchón del lana tenía su misterio, la cama no se hacía tan rápidamente como ahora. Había que levantarla (quitar todas las sábanas) y estobar el colchón bien estobao para deshacer los huecos hundidos durante la noche y dejarlo otra vez mullido. A continuación volver a colocar toda la ropa de cama con cuidado de que no salieran bultos y cuando ya habías acabado llegaba tu madre y decía:” tienes que estirar bien el cubre pa que te quede bien liso, así con la mano!. A la abuela le gustaba bien estirá y la tia Dolores no te digo más, que le pasaba el rabo de la escoba pa dejarla más lisa.”
Con ocho o diez años , la verdad es que me fastidiaba tener que hacer la cama de esa manera, pero a veces me sorprendo diciéndoles a mis hijos lo mismo que me decía mi madre, ya que los nórdicos de plumas que utilizamos ahora me recuerdan en su aspecto a mi antiguo colchón de lana.

Carorua

DOÑA TERESA GIL DE VIDAURRE, SEÑORA DEL VILLAR DE LAS ALCUBLAS

El día 10 de abril de 1257, Jaime I de Aragón donó el villar de Las Alcublas a Teresa Gil de Vidaurre, dama de origen navarrés.
¿Quién era Teresa Gil de Vidaurre? ¿Por qué recibió la donación de un pequeño pueblo por parte del todo poderoso rey de la Corona de Aragón?

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Jaime I, hombre propenso a conceder su afecto entre las damas que lo requerían o entre aquellas a quien él requería, mantenía una relación amorosa con Teresa Gil de Vidaurre desde la muerte de su segunda esposa, Violante de Hungría, en 1251, aunque algunos autores mantienen que se inició unos años antes.

Teresa Gil de Vidaurre, que era viuda de Pedro Sánchez de Lodosa y con el que había tenido al menos un hijo, Sancho Pérez de Lodosa, más integra, inteligente o sagaz que otras damas que habían compartido el lecho con el monarca, no accedió a sus proposiciones hasta que el rey le concedió ante un testigo, según la leyenda, “palabra de matrimonio”.

Si la leyenda es cierta, estaríamos en presencia de un matrimonio secreto y morganático que en aquellos años, aunque reprobado, era considerado válido. El matrimonio nunca fue reconocido por Jaime I, pues nunca dio el nombre de “esposa” o el título de “reina” a Teresa Gil de Vidaurre, aunque ésta, en su último testamento, se autotituló “uxor quondam” de Jaime I.

No habiendo cumplido Jaime I la “palabra de matrimonio”, Teresa Gil de Vidaurre recurrió ante el papa Clemente IV para que el matrimonio, que había contraído de buena fe, fuera reconocido oficialmente, iniciándose un pleito ante la corte pontificia que se prolongó durante los siguientes años. Algunos autores sostienen que el pleito lo inició Jaime I años más tarde, cuando a finales de 1265, el rey contaba cincuenta y siete años, se enamoró de Berenguela Alfonso, y alegando que Teresa Gil de Vidaurre padecía lepra solicitó al Papa autorización para contraer matrimonio y alejarse de Teresa.

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A pesar de sus intentos, el monarca no pudo conseguir que la corte pontificia accediera a su separación. El papa Clemente IV mantuvo que si bien nunca había existido un verdadero matrimonio, vista la relación existente podía considerarse verdadero y consumado, por lo que no podía disolver dicha unión.

Jaime I no atendió la recomendación del Papa, manteniendo la amistad con Berenguela hasta su muerte en 1272. Poco después, ya sexagenario, el rey sedujo a una mujer casada, Sibila de Saga, si bien se decía que su matrimonio era nulo porque su marido no era soltero al contraer matrimonio. Jaime I aún se atrevió a solicitar al papa Gregorio X la anulación de su unión con Teresa Gil de Vidaurre, pero en septiembre de 1275 el sumo pontífice se negó a decretar la disolución, ordenándole separarse de su concubina bajo pena de excomunión. Al parecer, el monarca obedeció, tenía sesenta y siete años.

Los años más felices de la relación entre Jaime I y Teresa fueron desde 1255 a 1260, durante los que nacieron sus hijos, tanto que el monarca hizo diversas donaciones a Teresa y a su descendencia.

El 10 de abril de 1255 donó a Teresa las casas que en Valencia habían pertenecido a los reyes musulmanes Lobo y Zayyan.

El 9 de mayo de 1255 donó el castillo y la villa de Jérica, con sus aldeas y términos, a Teresa y la descendencia que pudieran tener ambos.

El 10 de abril de 1257 la donación que más nos interesa, Las Alcublas, a Teresa, sin mencionar a los hijos o descendientes.

El 18 de agosto de 1257 el castillo y la villa de Flix a Teresa y a sus hijos.

El 2 de enero de 1258 donó los castillos de Arcos (de las Salinas), Zacarés y Peña de Ahija a Teresa. A su muerte lo heredaría su hijo Pedro, pero si éste fallecía los heredaría en su caso un tercer hijo, y si éste no llegaba a nacer o le premoría, lo heredaría el primogénito Jaime.

El 5 de abril de 1260, la heredad de la Zaidía, situada fuera de las murallas de la ciudad de Valencia, a su hijo Jaime de Jérica. En ésa heredad es donde Teresa Gil de Vidaurre fundó el monasterio de la Zaidía en el que vivió desde 1268, no llegando a profesar como monja ni llegó a ser abadesa, como se desprende del hecho de haber otorgado testamento, lo que estaba prohibido a quienes profesaban como religiosos.

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Teresa Gil de Vidaurre, mujer inteligente que era hija de Gil de Vidaurre, caballero de origen navarrés, y de Toda Garcés de Azagra, no se conformó con las villas, castillos, lugares y heredades que le donó Jaime I de Aragón. Dispuesta a que sus hijos tuvieran un gran patrimonio compró a los Azagras los lugares de Altura, Castellmontant y Mora de Rubielos, y a su pariente Pedro Ladrón el señorío de Ayerbe en Aragón.

Falleció entre finales de octubre de 1279 y principios de enero de 1280. Por su testamento, se conserva un traslado de 9 de octubre de 1408 en el Archivo del Reino de Valencia, sabemos como distribuyó sus propiedades entre sus hijos:

Al primogénito, Jaime de Jérica, lo instituyó heredero del señorío de Jérica y de los lugares de Altura, Castellmontant, Mora, Las Alcublas, Tormón y ciertas casas y heredades en Zaragoza y Navarra.

Al segundogénito, Pedro de Ayerbe, del señorío de Ayerbe y de los lugares de Cabañas, Azuer, Boquiñeni, Luesia y Agüero.

Por su parte, Jaime I de Aragón, en su último testamento otorgado en Montpellier el 26 de agosto de 1272, reconoció a los hijos tenidos con Teresa Gil de Vidaurre como legítimos, incluyéndolos en las sustituciones hereditarias que estableció detrás de los hijos tenidos con Violante de Hungría, los infantes reales Pedro y Jaime. La legitimación por vía testamentaria era legal, reconociendo a los hijos legitimados la condición de hijos legítimos y con plenos derechos, por lo que, tras su inclusión en las sustituciones hereditarias, si fallecían Pedro y Jaime de Aragón sin sucesión, los hijos tenidos con Teresa Gil de Vidaurre podían convertirse en reyes de la Corona de Aragón y Mallorca. Pasaron de ser tenidos por hijos naturales o bastardos, a tener posibilidades, aunque mínimas, de reinar. No tuvieron la misma consideración otros hijos de Jaime I, como Fernando Sánchez de Castro y Pedro Fernández de Hijar.

No sabemos si fue la conciencia del rey, la presión de la corte pontificia o el resplandor de la palabra “verdad” lo que motivó tal decisión, lo cierto es que Teresa Gil de Vidaurre debió recibir de Jaime I “palabra de matrimonio”.

 

VICENTE VALLET PUERTA

Vicente fue secretario judicial de la Sala de lo Civil y lo Penal del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana (TSJCV). Cruz de San Raimundo de Peñafort en 2007, fundador de la Unión Progresista de Secretarios Judiciales y miembro permanente de su comité permanente y del secretariado. Fue, además, Patrono de la Fundación Por la Justicia de Valencia, de la que fue secretario.

Vallet Puerta estaba ligado familiar y sentimentalmente a la localidad de Chelva, donde era cronista oficial del vizcondado. Pertenecía a la Academia de Genealogía y Heráldica de Valencia y era, además, miembro y secretario de la Asociación Cultural La Fénix Troyana y socio de la Real Sociedad Económica del País y de la Real Asociación Española de Cronistas Oficiales.

Vicente Vallet, publicó dos libros: ‘Las cartas pueblas del valle del Río Chelva’ y ‘El Señorío de Chelva y sus señores. Siglos XIII y XIV. Los linajes de los Azagra y los Jérica’.