LA GRAN RIADA DE CALLES

El verano de 1.973 terminó pronto. Cuando caía una tormenta al final de agosto siempre decíamos que el verano había acabado. Incluso si ésta era fuerte nos aseguraba un buen otoño de rebollones por Jórgola y la Puente Alta. Sin embargo, el miércoles cinco de septiembre los acontecimientos se precipitaron.

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Foto gentileza de CHUSA SERRULLA

El cielo se puso negro esa tarde, daba miedo. Nosotros estirábamos nuestros últimos días de verano en Calles pues el curso escolar aun tardaría unas semanas en comenzar. Nos metimos corriendo en casa al ponerse a llover sin parar. Enseguida se fue la luz. Desde el ventanal del salón se advertían pequeños puntos de luz en el pueblo muy diseminados. Eran las casas que todavía disponían del suministro del tío Rogelio, una pequeña central eléctrica de Chelva que intentaba sobrevivir al monopolio de Hidroeléctrica.

No dejó de llover en toda la noche y a la mañana siguiente al despertarme, mirando por la ventana de mi habitación, ya se advertía que el río Tuejar bajaba muy crecido. Me quedé unos minutos mirando absorto desde ese perfecto mirador. Seguía lloviendo, pero sin la intensidad de la noche anterior.

  • Papá, menuda riada baja, comenté en voz alta.

Bajamos a curiosear al pueblo y mucha gente ya se asomaba al puente para observar el espectáculo. El ruido era espantoso y el agua desbordaba el cauce del río y ocupaba ya todo el lecho bajo el puente. La rambla de Alcotas era la principal culpable de semejante riada pues río arriba el Tuejar iba crecido, pero no tanto como a partir de su confluencia con la rambla. Casi no llovía ya, pero cada vez el caudal aumentaba. Hubo un momento en el que el agua casi llegaba a la altura del puente del río. El mayor problema vino cuando la fuerza del agua comenzó a inundar la parte baja del pueblo. Un amasijo de palos, barro y maleza mezclados con el agua, debido a la orientación de la rambla de Alcotas direccionó el problema hacia el pueblo. El agua llegó hasta lo que ahora es el Hogar del Jubilado y los coches aparcados en la plaza quedaron sumergidos bajo el barro, las cañas y el agua. Los altavoces no dejaban de repetir, hasta que la electricidad aguantó, que la gente abandonara sus casas y fueran a resguardarse a la parte más alta del pueblo, pues el agua no dejaba de subir. El Centro de Higiene Rural y la antigua casa del médico, situados cerca del río, no pudieron resistir la fuerza de la corriente y se vinieron abajo. Sólo parte de la fachada principal aguantó en pie. El abrevadero que había al lado desapareció, y la casa del Peludo junto a su pequeña huerta se anegaron completamente. Eran momentos de pánico. Recuerdo ver sacar a personas de sus casas por valientes vecinos que, andando hábilmente por los tejados, accedían a las viviendas siniestradas.

Afortunadamente no se produjo ninguna desgracia humana en Calles. Poco a poco fue remitiendo la riada y los días posteriores fueron de limpieza y de tractores con sus remolques enteros llenos de barro y palos. Todo el mundo echó una mano. Nos quedamos sin agua potable y tuvieron que suministrarla con cubas.

El jueves seis de septiembre de 1.973 pasará a la historia reciente de Calles por la peor riada sufrida por la población desde que el pueblo es pueblo.

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RESCATE EMOCIONAL

Los relatos sobre momentos pasados en la infancia en los pueblos se vuelven melancólicos con el paso del tiempo pues nos damos cuenta que todo ha cambiado. Irremediablemente también el mundo rural.

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Los recuerdos muchas veces están sobrevalorados. A veces no dejan de ser una comparación sesgada, y por ello injusta, del pasado con nuestra vida actual. Ya lo decía Sabina, “No hay nostalgia peor que añorar lo que jamás sucedió”.

Nunca vemos el otoño brillar en plenitud. O irrumpe el frío de manera despiadada o se queda en una mera extensión del verano. Muchas veces nada es lo que es, o lo que debería ser.

El sol es la mejor toalla tras salir de la piscina. Tumbarte con los ojos cerrados es una buena forma de dar libertad al cerebro para que se evada pensando en sus cosas. De pronto oigo sonar una canción ya empezada. Sealed with a Kiss, Sellado con un Beso, de Bobby Vinton. Sale de la casa de al lado. Ana, pienso enseguida.

El tocadiscos de Ana era nuestra mejor distracción en esos ratos de antes de comer. Aprovechábamos cualquier momento. Eduardo traía su recién comprado Rescate Emocionalde los Rolling y el single de La Estatua del Jardín Botánicode Radio Futura. Quique el Ziggy Stardustversioneado por Peter Murphy y Bauhaus; y yo el disco en directo de Supertramp en París. Estrenábamos década y descubríamos nuevas músicas, que convivían armónicamente con lo clásico.

Empezaban los 80.

Yo, en aquellos años era una esponja. “Que te importe quien te aporte”, pensaba, porque ese interés será el que conseguirá sacar lo mejor de ti. La perspectiva que da el tiempo y la edad me hace sentir afortunado de haber estado rodeado de gente interesada. Interesada por vivir, sentir, leer, aprender de quien aparece por tu camino, la que me ayudó y a la que intenté ayudar. Creo que fue por eso por lo que alguien me corrigió la frase y me dijo que “Mejor, que tú intentes conseguir aportar a quien te importe”.

Esa es la forma de intentar cerrar el círculo y minimizar lo sobrevalorado.

MUSEO EN COMUNIDAD

Josep Montesinos i Martínez

Universitat de València

Los días 28 y 29 de septiembre, en Aras de los Olmos y en Chelva se celebraron las  III Jornadas de Museos y Colecciones Museográficas de la Comunidad Valenciana “A Museu Obert”, organizadas por la Direcció Territorial de València y la Direcció General de Cultura i Patrimoni, de la Generalitat Valenciana en colaboración con el Vicerrectorado de Proyección Territorial y Sociedad de la Universitat de València. Dos días intensos con mesas redondas, talleres, concierto… un magnifico foro para poner en común nuestras inquietudes desde la Academia, desde el Museo, desde la Gestión, desde la Política, desde la Ciudadanía.

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Org. A Museo Abierto

Tuvimos el placer de participar en una mesa redonda en Chelva. En nuestra intervención planteamos la realidad del Museo Local como un elemento dinamizador, pero fundamentalmente como un mecanismo de participación. El esfuerzo de crear un Museo Local, con la ayuda de la Administración Provincial y/o Autonómica, por parte de los Ayuntamientos, por parte de los ciudadanos locales que generan el proyecto, supone un camino no fácil y trabajoso. La participación de las Administraciones, las aportaciones de los vecinos, todo ello para erigir ese nuevo elemento del Patrimonio que es el Museo Local. Museo Local como memoria, como recopilador, como depositario, como difusor. Bien, ya tenemos creado el Museo Local ¿y ahora qué?: tiene presupuesto?, hay gestor?, ¿hay continuidad?

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Org. A Museo Abierto

El Museo Local es evidentemente un elemento de ayuda para la memoria y la recopilación, para la identidad de unas poblaciones rurales en muchas ocasiones con problemas de despoblación, abandono de las actividades tradicionales, ausencia de servicios que poco a poco van convirtiendo nuestras comarcas en un desierto. También el Museo puede colaborar en la vida de las poblaciones, pero se necesitan gestores reconocidos, inversiones y especialmente Participación.

Es imprescindible la Participación, no solo en la génesis del Museo, sino en su gestión, en su mantenimiento. El Museo debe ser Comunidad, los ciudadanos, las asociaciones, la problemática del territorio debe estar presente en el Museo. Es el concepto de Museo Comunitario, como un instrumento de acción de los vecinos en comunidad, para valorar su pasado, analizar el presente de manera crítica y construir el futuro no desde despachos ajenos al territorio, sino de la misma realidad vivencial.  El Museo es de los habitantes de esa localidad, de esa comarca y si no lo ven como algo suyo difícilmente se involucrarán en su continuidad.

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No es camino fácil, a veces el desencanto de los ciudadanos hace que abandonen la participación. Pero el Museo no solo debe ser un elemento para visita y disfrute de los foráneos, de los turistas, debe ser algo más. Una herramienta de identidad, de disfrute, de goce de los indígenas de un territorio, una plataforma para el análisis, para la crítica de la realidad y la construcción de su propio futuro.

CIUDADANOS DE SEGUNDA

Una vez pasado el espejismo veraniego en la comarca volvemos a la realidad. Y nuestra realidad va de la mano de recortes en temas tan importantes como sanidad y educación.

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Es desmoralizante. Parece que siempre nos hemos hemos de dar cabezazos contra la misma pared. Parece que se han propuesto desertizar La Serranía y llevan el camino adecuado para ello. ¿Lo harán adrede o les sale sin querer?

Hasta ahora, los chavales de las localidades de Titaguas o Aras de los Olmos iban en un autobús al instituto de Chelva, los de Tuéjar, se subían a otro bus para ir a Villar (cabe destacar que que los alumnos de Titaguas y Aras de los Olmos también pueden acudir al SES de Alpuente). Pues desde desde que comenzó este curso solo pasa un autobús, que recoge a todos los estudiantes. Es decir, de dos líneas se ha pasado a una.

El problema es que se ha reducido la accesibilidad y que los menores que salen antes, concretamente, de Primero y Segundo de la ESO, deben esperar a los mayores para poder ir juntos en el bus todos. Pues bien, Lidia Ferrer, miembro de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos, afirma que si antes tenían poco, ahora tienen menos. Y esto, no es justo. La madre que pertenece a la AMPA asegura que llega un momento que niños de 11 y 12 años se pasan fuera de casa más de 8 horas. Y entre esas, más de 2 horas están esperando. Algo insostenible que debe cambiarse de inmediato, explica Ferrer.

(+TURIA Revista Digital)

Y por otro lado, en Calles este mes de septiembre se ha suprimido la atención médica diaria.

Niños de 10 años más de ocho horas fuera de casa y pueblos pequeños pero con vida sin atención médica diaria. ¿Este es el modelo?

Es el  momento de exigir un trato igualitario y no el que dictan los ratios. No hemos de ser una comarca subvencionada, no queremos ayudas. Se trata de que, igual que contribuimos con todas nuestras obligaciones, tengamos los mismos servicios que el resto de valencianos. Ni más ni menos. Una señora de Calles tiene que tener médico todos los días del año. Un niño de Titaguas tiene que tener un desplazamiento escolar adecuado para pasar con la familia las horas necesarias. Un hombre de La Yesa tiene que poder ir a Valencia los días que necesite en transporte público. Un joven de Vallanca tiene que tener banda ancha y 4G. Hasta que esto no lo veamos como un derecho y no como una reivindicación no habremos adelantado nada.

 

EL TÍO NAZARIO

Curiosamente hay veces que la niñez a medida que se aleja se acerca y es entonces cuando surgen vivencias distorsionadas pero bonitas. Me vienen recuerdos de Corcolilla, unos recuerdos en blanco y negro.

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– Bajad a la tienda a eso de las cinco que van a llamar vuestros padres.

Era cada tres o cuatro días y ahí nos tenían a mi hermana, mi hermano y a mí sentados en tirereta esperando que sonara el teléfono.

– Portaros bien, haced caso a los abuelos, no riñáis, ¿habéis hecho siesta?

Este era el control remoto de mis padres hacia unos niños a cien kilómetros de distancia. Nosotros a todo decíamos que si. Una vez colgado el teléfono salíamos corriendo a jugar a la era de bajo de casa de mis abuelos. En el trayecto nos cruzábamos con Nazario, que venía de revisar su huerta andando junto a su macho por el camino de El Hontanar. El tío Nazario me provocaba cierto misterio. Era un hombre pequeño, de aspecto amable, poco hablador pero con una mueca traviesa. Lo que más me llama ahora la atención es que era testigo de Jehová, algo muy extraño en aquellos tiempos y en aquellas tierras. Una de las tiendas de Corcolilla era suya.

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Enseguida llegaba el momento de la merienda. Mi abuelo se apresuraba a prepararnos un bocadillo de mantequilla con azúcar y de postre el famoso flan chino. Una vez merendado, era la hora de mi abuela.

Con su bolígrafo en mis manos, mi abuela me sentaba encima suya y me hacía creer que yo resolvía sus palabras indescifrables. Era su pasión, los crucigramas. Yo, todo orgulloso de ayudar a mi abuela. Ella, orgullosa de ver a un niño feliz.

Recuerdos de niñez. Esas tardes de verano en Corcolilla desde la perfecta atalaya que era la casa de mis abuelos. Tardes de tormenta. Allí en su salón, estratégicamente elevado, se divisaba toda la hoya y a lo lejos, La Almeza y La Cuevarruz. Olor a tierra mojada, olor a cera de vela, fallos en la luz, truenos… y la voz de mi abuelo tranquilizándome.

Enrique Domingo

ALCUBLAS, UN PUEBLO CON MUCHA SORORIDAD

Hilando Vidas, proyecto de arte colaborativo y reivindicativo femenino de Alcublas llega este domingo a su tercera edición. Será inaugurado en la Casa de la Cultura de Alcublas este próximo domingo 12 de agosto a las 18,00 horas.

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Esta tercera edición tiene como palabra clave la SORORIDAD, que es lo que lleva a las mujeres a unirse por una causa común.  El proyecto, que nace de la idea de Ascen Martínez y es desarrollado técnicamente por María José Cabanes da un giro este año y se asemeja al trabajo de las abejas, con hexágonos de ganchillo a modo de panales que hacen de Alcublas un museo al aire libre.


La sororidad  trata de acordar de manera limitada y puntual algunas cosas con cada vez más mujeres. Y en Alcublas más de 70 mujeres de todas las edades participan en ello. Sumar y crear vínculos. Asumir que cada una es un eslabón de encuentro con muchas otras y así de manera sin fin.

Todo ello en Alcublas desde el 12 de agosto. ¿Te lo vas a perder?

INFECCIÓN

Sé perfectamente cuando empezó.

Reconozco que yo tuve la culpa. No fue del todo voluntario, pero sí que es cierto que yo dí los primeros pasos.

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Todo empezó cuando abrí un viejo álbum de fotos. Allí estaba. Era mi abuelo y yo estaba en sus brazos, serio y formal, como debía ser. Al fondo de la foto se distinguía la casa de mis abuelos, con aquella puerta de madera que utilizaba, colgándome de sus resaltes, como columpio o balancín improvisado.

Aquello me trajo recuerdos entretelados, ensoñaciones, imágenes que no sabía si eran reales o no. No aguanté más, las piernas se movían solas, no podía estar quieto en la silla.  Aquel fue el inicio, lo sé muy bien.

Lo que vino después solo fue consecuencia lógica de la situación inicial. A los dos días estaba en casa de mis abuelos, abrí la puerta y entré. Un olor, como a olla de barro y paja humedecida saltó hacia mi y yo, respiré una y otra vez, cada vez más hondo.

Salí al patio donde el tiempo había sembrado de tejas rotas el suelo. Volví a entrar en la casa, busqué, miré, removí y finalmente salí a la puerta, me balanceé sobre ella y la ví.

La vieja fuente estaba casi igual. Detrás de ella asomaba la cumbre del Cabezo que atrapando  el aire y soltándolo, furioso  sobre el pueblo, se proclamaba como Gran Señor.

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Aspiré ese aire, miré el reflejo del sol en el agua de la fuente y olí el olor a tierra. Estos tres gestos, tan inocentes, fueron fatales.

Ya nunca volví a ser el mismo, la infección se extendió por cada célula de mi cuerpo retroalimentándose de mi ADN convirtiéndose en una infección crónica que, sin embargo, no me impedía seguir con mi vida.

A pesar de que mi enfermedad se estabilizó, algunas noches me despierto  creyendo oler a teja rota y a agua corriendo y eso me lleva a pensar que mi mal no tiene cura. Os pido, por favor, que no os preocupéis por mi, voy sobrellevando la situación.

Espero no haber infectado a nadie de este mal aunque (os lo digo de forma confidencial)  cuando me quedo absorto en los días de verano escuchando el canto de los grillos y el murmullo del agua en la puerta de la casa de mis abuelos, tengo que confesar, aunque pueda padecer cruel, que  me gustaría que mis hijos padecieran de mi mismo mal.

 

María de los Cerezos